Desde las organizaciones internacionalistas, junto con los movimientos sociales y el conjunto de la izquierda, tenemos que involucrarnos en la construcción de alternativas no solo a nivel micro, sino también con una mirada estratégica de largo plazo.
13/05/2020

 Después de dos meses de desarrollo de una nueva pandemia (aunque su impacto en nuestras vidas haya sido inesperado, la humanidad ha sufrido numerosas situaciones similares que han provocado millones de muertos en el pasado), desde las organizaciones internacionalistas, en cuanto parte constituyente del abigarrado escenario de la izquierda, disponemos de algunos insumos para analizar el contexto actual con un mínimo de realismo.

A lo largo de estos meses, en los que las medidas de limitación del contacto social se han expandido por todos los lugares del globo, las reacciones y actitudes de los diferentes gobiernos, aunque han sido diversas en función de las distintas realidades sobre las que han operado, nos permiten extraer una conclusión de carácter general. Así, podemos afirmar que la crisis de la Covid-19 ha generado las condiciones objetivas (recesión económica, destrucción de recursos, desempleo) y subjetivas (miedo, aislamiento, desarticulación de estrategias de resistencia colectivas) para profundizar en las dinámicas antidemocráticas y autoritarias preexistentes.

Esto es así porque el sistema capitalista solo puede responder con violencia, ya sea ésta estructural, simbólica o física, si quiere sobrevivir a las contradicciones que esta crisis ha planteado. Es imposible defender la mayor eficiencia de los mecanismos de mercado para la asignación de recursos o la necesidad de la privatización de los servicios públicos sin caer en la indigencia intelectual y demostrar la funcionalidad de estos postulados a los intereses de las élites dirigentes. Por esta imposibilidad de defensa racional de sus premisas teóricas, el sistema va a necesitar mostrar con mayor severidad su cara menos amable, restringiendo derechos y negando libertades.

Esta dinámica, que ya puede observarse en las cárceles de El Salvador, en las calles de Bolivia, en el Pacífico colombiano o en los barrios más desfavorecidos de Bilbao, se va a ver agudizada por la inestabilidad que va a provocar la pérdida de vigencia de la estructura institucional del neoliberalismo a escala global (FMI, Banco Mundial y OMC bajo la hegemonía estadounidense) y la aceleración de las transformaciones geoestratégicas que esta crisis atisba (desorientación de EEUU y la UE, auge del bloque euroasiático, mayor relevancia de Rusia y China).

Ya hoy, apenas dos meses después del inicio de la crisis en Europa, se empiezan a escuchar los avisos de los esfuerzos y sacrificios que la sociedad en su conjunto deberá realizar para superarla. El poder económico, cobijado tras la liberación de las fuerzas represivas, nos presenta un futuro ajustado a su necesidad de mantenimiento de la tasa de reproducción del capital en unos niveles radicalmente insostenibles social y ecológicamente, donde la solidaridad y el cuidado colectivo queden relegados al elemento caritativo y asistencial.

Desde las organizaciones internacionalistas, junto con los movimientos sociales y el conjunto de la izquierda, tenemos que involucrarnos en la construcción de alternativas no solo a nivel micro, sino también con una mirada estratégica de largo plazo. Es imprescindible ser parte del diseño de un proyecto antagonista y de emancipación de las mayorías sociales, asumiendo que el espacio de confrontación va más allá de los limitados mecanismos de las democracias liberales y situando la cooperación y el internacionalismo en el centro del mismo.

Desde el internacionalismo solidario, constituido en el componente vertebrador de las relaciones internacionales en ese proyecto emancipatorio, tenemos que definir los ejes estratégicos sobre los que construir una agenda política que vertebre las diferentes realidades y contextos.

Como respuesta al autoritarismo emergente, tenemos que explicitar un claro posicionamiento en favor de sociedades basadas en el respeto de los derechos humanos. Con todas sus insuficiencias en tanto fruto de un pacto entre bloques ideológicos en un contexto de Guerra Fría, los derechos humanos han adquirido un carácter antisistémico de gran potencia transformadora. En un escenario hegemonizado por el neoliberalismo, en el que el ejercicio de los derechos más elementales atenta contra la lógica de acumulación capitalista, debemos utilizar esta herramienta con una perspectiva revolucionaria y humanista.

Debemos asumir el feminismo como cuerpo político y teórico de una sociedad global en la que desaparezca el patriarcado en cuanto sistema de opresión. La lucha del movimiento feminista y su propuesta de un paradigma emancipatorio que pone en cuestión todas las certezas previas de la izquierda, debe ser incorporado como el hilo morado que conecte con el proyecto contrahegemónico las luchas diversas que se dan en distintas partes del mundo.

Y, por último, pero no por eso menos importante, incorporar el ecologismo, con la soberanía alimentaria y la agroecología en el centro, como modelo de relacionamiento con el medio ambiente del que obtenemos los alimentos para nuestra supervivencia y con las generaciones futuras (a las que les debemos un planeta mejor del que nos hemos encontrado). La tendencia suicida del sistema capitalista debe ser confrontada por un proyecto antagónico consciente de los límites del planeta y la necesidad de su cuidado.

Estos tres ejes de acción y su naturaleza antagonista a los mecanismos básicos de reproducción del capital en la era del neoliberalismo, tienen que ser integrados en una lógica relacional entre organizaciones que profundice en la cultura de la colaboración y la cooperación, generando espacios de articulación y coordinación estables. De lo contrario, las organizaciones internacionalistas mantendremos vínculos débiles con la lógica general del movimiento social y lucharemos aisladas en los espacios de confrontación que, inevitablemente, están por venir.

Share This