Monarkia kanpora, fuera la monarquía

A estas alturas, cualquier sociedad que se precie de ser avanzada debiera tener más que interiorizado que la pertenencia a un linaje endogámico no puede ser, como sucede con la monarquía española, la premisa para la obtención de ninguna responsabilidad institucional del ámbito de lo público.

Iosu del Moral-Mikel Labeaga
Militantes de Antikapitalistak Euskal Herria.

18 OCT 2020 06:30

Es más que probable que Enrique III de Navarra y IV de Francia, también conocido como el Grande o el Bearnés, escuchara desde su cuna algunos susurros en euskera provenientes del entorno de su madre, Juana III, la última de las regentes del viejo reino de Nafarroa. Juana de Navarra, que encargó traducir del latín la primera de las biblias al euskera,  donde aparece por primera vez escrito el nombre de Euskal Herria, por cierto tratándose además de un texto de corte protestante y reformista, daba a luz allá por el siglo XVI al primero de los borbones en sentarse en el trono de Francia. De ahí que quizá no hubiera sido necesario traducirle a su hijo Enrique la expresión en euskera Monarkia kanpora. Al que no cabe duda de que hay que traducírsela, aunque en sus visitas vaya de falso políglota integrador, es a su lejano descendiente Felipe VI, a quien una amplia mayoría del pueblo vasco le demanda, Felipe kanpora, monarkia kanpora. Fuera Felipe, fuera la monarquía.

Pero al margen de vítores y reclamaciones, no es menos cierto que debiéramos comenzar por realizar un exhaustivo ejercicio de autocrítica, donde tanto desde el pueblo vasco, como desde el resto de pueblos del Estado, reflexionásemos conjuntamente sobre el fracaso que supone como sociedad que en pleno siglo XXI la jefatura del Estado se encuentre todavía en manos de una familia corrupta que lleva siglos sustentando un poder de manera ilegítima. Por no hablar del  anacronismo, no solo en un sentido temporal sino intelectual, que supone para cualquier comunidad moderna permitir que, hoy en día, una familia que tiene más analogías con los Soprano que con aquellos personajes de las fábulas y los cuentos infantiles, herede de forma dinástica un cargo público de tal importancia. A estas alturas, cualquier sociedad que se precie de ser avanzada debiera tener más que interiorizado que la pertenencia a un linaje endogámico no debiera ser la premisa para la obtención de ninguna responsabilidad institucional del ámbito de lo público.

Un vodevil que presenta, por un lado, al padre, el emérito, un tipo al que se le da de maravilla  aparentar ser una especie de payaso bonachón y que en realidad es un listillo que levita en ese limbo entre lo inmoral y lo torpe, donde se dedica  a quehaceres de dudoso carácter ético, por no hablar de actividades directamente de índole mafiosa. Y digo torpe, pues teniendo la vida a nivel material más que resuelta, hay que ser lerdo para buscarse cualquier tipo de problema por ser incapaz de contener un sentimiento de avaricia sin límite alguno. Por otro lado, el hijo, que como buen Borbón, y muy al estilo de otro de sus predecesores, el rey felón, se muestra como una persona mesurada, honrada y hacendosa, pero que al parecer en el fondo esconde un increíble parecido con el modus vivendi de su progenitor. Algo que incluso a los propios monárquicos les debiera poner los pelos de punta, al no poder distinguir entre la Zarzuela y cualquiera de los centros operativos  de una organización criminal debido al hedor a corruptela que emana desde su interior.

Viniendo de un dictador, es normal que a nadie le extrañara que Franco, en una decisión totalmente unilateral, designase a Juan Carlos su continuador al frente del Estado y de las fuerzas armadas como garante del movimiento nacional católico. Quizá extrañe algo más, no ya que nadie nos haya  consultado sobre el traspaso de la jefatura del Estado por parte del padre al hijo, algo que por otro lado era de esperar,  sino que la gente no se hubiera mostrado indignada ante un golpe tan antidemocrático como el del nombramiento de Felipe como sucesor del anterior monarca. Hablar de democracia monárquica lo único que genera es una especie de oxímoron donde, a partir de ahí, todo lo demás carece de sentido y, como consecuencia, un sistema de dichas características se vea tarde o temprano irremediablemente abocado a convertirse en un  proyecto frustrado.  

Sin duda uno de los grandes obstáculos de este dilema radica en aquellos cínicos que banalizan el uso de términos como democracia o libertad hasta convertirlos en significantes vacíos. Falsas democracias que adolecen de un pánico a la hora de preguntar, desde su libertad virtual, qué frena las aspiraciones de cambio real. Ante esta perspectiva, es tiempo de aunar fuerzas y de que todas las gargantas antimonárquicas y republicanas de Euskal Herria y del resto del Estado griten al unísono Monarkia kanpora, fuera la monarquía. Un proceso emancipador que deje atrás una institución arcaica y caduca a través de algo tan poco democrático, al parecer, como preguntar al pueblo por medio  de un referéndum. Consulta que, automáticamente, derivase hacia un nuevo proceso constituyente o hacia lo que todavía es más interesante, hacia nuevos procesos constituyentes en los que, definitivamente, las diferentes sensibilidades del Estado decidiesen de forma soberana y democrática la forma de organizarse, entre ellos y en relación al resto, en una especie de red de repúblicas confederadas.

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