Internacionalismo, clases sociales y urbanización en África Subsahariana

Antonio José Montoro Carmona (@amontoro1979).
Militante de Antikapitalistak
(Tomado de Viento Sur)

; Adjumani hosts over 200.000 refugees,
Because of Uganda receptive policies towards refugees, they are able to start businesses as soon as they are settled. This approach empowers refugees and enable them to rebuild their lives.

La solidaridad internacionalista con los países del África subsahariana ha estado lastrada históricamente por las visiones eurocéntricas y deudoras de la tradición colonial europea, en lo que Sousa Santos conceptualiza como “pensamiento abismal”. Esta pesada carga ha impedido a la izquierda relacionarse en términos de igualdad con los movimientos sociales y organizaciones políticas africanas, asumiendo el marco ideológico de la caridad y el asistencialismo impuesto por la iglesia católica, rechazando acríticamente la idea gramsciana de la inexistencia de la pura espontaneidad en los movimientos sociales y abusando del prejuicio del etnicismo como explicación única de las realidades africanas.

Este artículo pretende apuntar algunos elementos centrales de los movimientos sociales actuales del África Subsahariana, fijando una mayor atención en el caso de Senegal por el papel central que está jugando en el activismo político en África Occidental. De este análisis se obtienen algunas conclusiones interesantes para ejercer un internacionalismo con vocación de transformación.

Una de las ideas más asentadas en el imaginario colectivo es la asunción de África como un continente monolítico, compuesto básicamente por población rural, pobre y devorado por pasiones étnicas. Este prejuicio es fruto del rechazo de la matriz de análisis de las clases sociales que es posible utilizar siempre y cuando abandonemos toda pretensión de aplicar categorías rígidas y pensadas desde Europa. Así, es necesario superar la visión tradicional de las clases sociales en sentido marxista (determinadas por el lugar que se ocupa en el proceso de producción) y abordar la composición de clase en función de las relaciones de poder existentes, en línea con lo que propone Lisa Mueller.

Desde este enfoque, tenemos la posibilidad de acercarnos y comprender los movimientos que se han dado en la ola de protestas que sacude el continente desde hace diez años. De esta manera, podemos observar el liderazgo de una clase media que ha conseguido liberarse de los circuitos clientelares del Estado y que ha permitido, al igual que en América Latina y Europa en el siglo pasado o en las luchas africanas anticoloniales y por la independencia de mediados del siglo XX, generar alianzas con los sectores más depauperados de la sociedad. Esta plataforma interclasista, en términos de relaciones de poder, ha puesto en agenda las reivindicaciones de transformación política (mayor participación democrática, respeto de los derechos humanos) y de satisfacción de las necesidades materiales (empleo, salud, educación) cuyo liderazgo, tal y como señala James Petras en su estudio sobre el MST de Brasil, es asumido por los sectores más avanzados de la clase media.

Otra idea clave en la comprensión del conflicto político y los movimientos sociales en África Subsahariana es el proceso imparable de urbanización que vive el continente. Pese al prejuicio que algunos sectores puedan mantener acerca de la existencia de una África eminentemente campesina, la realidad ofrece una imagen diferente.

Si analizamos los datos disponibles más recientes, de 2019 (https://datos.bancomundial.org/), encontramos que la población rural del conjunto de África Subsahariana cae a un ritmo sostenido del 0,6% anual desde hace más de dos décadas. En este entorno, algunos países del África Occidental destacan por la aceleración de su proceso de urbanización, como Gambia (cuya población rural representa apenas un 38%), Nigeria (un 48%, con caídas anuales de casi un 1%) o Mali (56% de población rural, pero con caídas anuales de un 0,8%). En Senegal, combinando los datos de 2019 (52% de población rural) y su porcentaje sostenido de caída anual (0,5%), podemos aventurar que, a día de hoy, la distribución urbano-rural de la población es prácticamente equivalente, pudiendo prever que a finales de la década actual la población urbana sea mayoritaria en el país.

Esta realidad demográfica, causada por dinámicas económicas globales, produce procesos sociales y políticos que están vertebrando el activismo y las agendas de los movimientos sociales africanos. Uno de los impactos más claros de esta urbanización acelerada es la concentración de la inmensa mayoría de las protestas en las ciudades, que se presentan como centros de actividad de los medios de comunicación, espacios de organización de estudiantes y trabajadores/as y cuya alta densidad de población permite la generación de redes de activistas y de propuestas colectivas. A pesar de las migraciones estacionales y de los fuertes vínculos entre el campo y la ciudad, en la actualidad las poblaciones rurales continúan enfrentando graves problemas para la acción colectiva asociados a su dispersión geográfica, las dificultades de acceso a la tecnología y su alejamiento de los centros de poder.

El caso de Senegal representa un ejemplo paradigmático de los elementos analizados (composición de clase de los movimientos sociales y proceso de urbanización acelerado) y de cómo se articulan en un contexto propicio para que la izquierda internacionalista se comprometa activamente con sus luchas de liberación.

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Tal y como muestran los estudios de MKE Kooperatiba (https://mke.eus/), cuyas publicaciones son esenciales para adentrarnos en este enfoque de clase, a raíz de las protestas contra el tercer mandato del expresidente Wade en 2011 se articularon diversas alianzas interclasistas y de naturaleza urbana, cuya máxima expresión la encontramos en el movimiento Y’en A Marre (Estamos hartos/as) y el hilo de continuidad que representa con los referentes de las luchas anticoloniales como Thomas Sankara.

Y’en A Marre, protagonista central en la resistencia a la represión desatada en 2021 por el actual presidente Macky Sall, ha conseguido aglutinar las reivindicaciones materiales y los mensajes políticos que apuestan por la participación democrática (Nouveau Type de Sénégalais) y contra el autoritarismo, desarrollando a su vez estrategias de acción que demuestran una lectura aterrizada a la realidad, no solo de Senegal, sino de las dinámicas políticas y comunicativas más avanzadas del siglo XXI.

Además de las expresiones culturales que permiten conectar con los códigos de las generaciones más jóvenes, sus acciones de alcance popular en las que se exigen democracia y justicia económica y su expansión descentralizada y basada en la horizontalidad a través de los sprits, permiten conectar a las capas intelectuales con las clases trabajadoras urbanas, profundizando en estrategias comunes y en la provisión de servicios básicos comunitarios.

Las organizaciones de Senegal como Y’en A Marre, M2D o FRAPP, entre otros, con su propuesta de un nuevo contrato social, su crítica a la gerontocracia instalada en el país y al clientelismo del Estado que ha cooptado a sectores populares y campesinos en el pasado (como el sistema de los marabouts y los decretos, ndigüel, para condicionar el voto campesino), son expresión del panafricanismo contemporáneo y de la vitalidad de un continente que sigue luchando por su emancipación.

Y ahí, la izquierda partidaria, sindical y social europea, tal y como hizo en el pasado en otras latitudes, tiene que mostrar su vocación internacionalista y superar “The White Man’s Burden” que, aun involuntariamente, llevamos sobre nuestros occidentales hombros.

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