III Congreso de Anticapitalistas-Reorganizar el anticapitalismo para avanzar

Lorena Cabrerizo *

“Para que las fuerzas prácticas desatadas en un momento histórico dado sean eficaces y expansivas es necesario construir sobre la base de una práctica determinada una teoría que por coincidir e identificarse con los elementos decisivos de esa misma práctica, acelere el proceso histórico en el acto mismo, vuelva más homogénea coherente y eficaz en todos sus aspectos aquella práctica” (Antonio Gramsci)

Bajo el lema “Hacer posible la revolución: organizarse para avanzar”, se celebró los pasados días 11 y 12 de diciembre el III Congreso de Anticapitalistas, previsto para 2020 y aplazado a causa de la pandemia. Un Congreso que, a diferencia del anterior, se enmarca en un cambio de fase política y social, de temporalidad incierta, y que requiere un profundo replanteamiento de nuestra estrategia y de las tareas revolucionarias asociadas a la construcción de un nuevo sujeto político anticapitalista con capacidad para asumir los enormes retos que enfrentamos.

Caracterizar esta nueva fase no es sencillo. No obstante, se están produciendo movimientos a escala global, europea y del Estado español que permiten perfilar, sin riesgo a equivocarnos, los contornos de un sistema mundo caracterizado por el incremento de las desigualdades y de la conflictividad, tanto al interior de las sociedades como entre países, fruto de una mayor explotación por parte del capital.

La situación global en la era de la covid viene marcada por una nueva fase de crisis económica que acentúa las tendencias depresivas de las tasas de ganancia que acompañan al capitalismo desde hace décadas, un hecho que acelerará el proceso de reordenamiento de las potencias y actores mundiales en una fuerte pelea por redefinir el hegemon de la nueva globalización. Por eso pensamos que la crisis de la covid, aun siendo contingente, tiene raíces estructurales asociadas directamente al sistema económico vigente. Se trata de una nueva carrera por los recursos, con la aparición de nueva formas de expolio de los países empobrecidos, muy vinculada a la crisis ecosocial por la finitud de recursos, la sobre-explotación destructiva de la naturaleza y el bloqueo de las posibilidades de desarrollo del capitalismo, que dividirá el mundo en zonas de influencia que compitan entre sí y condicionará los nuevos desarrollos políticos.

El capital ya no tiene dónde desplazarse y necesita reiniciar sus ciclos de recuperación. A nivel de acumulación interna, hay tres factores claves que se viene constatando desde la crisis anterior: la mercantilización de los servicios públicos, el ataque a los salarios y la expulsión fuera del terreno de los derechos de todo lo relacionado con la reproducción social. Lejos de haber generado menos estado, el neoliberalismo lo ha reforzado y convertido en un instrumento clave para financiar al capital y legislar a favor de sus intereses, al tiempo que retira la intervención genuinamente estatal para reducir desigualdades y pobreza. Si bien a raíz de la crisis covid algunos gobiernos están poniendo en marcha planes de expansión del gasto público para impulsar el consumo y paliar el hundimiento social de amplios sectores de población mediante mecanismos monetarios (relajamiento de las normas ordoliberales sobre el déficit, relanzamiento de la deuda soberana, etc.) éstos no dejan de ser instrumentos para empujar la recuperación de los beneficios del capital.

En cuanto a la UE, su indiscutible decadencia la vemos reflejada en la crisis económica, las desigualdades crecientes centro-periferia y la paralización de su construcción política, a la vez que aumenta el número de estados gobernados por la extrema derecha que desafían esa arquitectura institucional y que están demostrando mucha capacidad para marcar agenda europea. Por su parte, la izquierda se encuentra sumamente debilitada, con Grecia y la derrota de las esperanzas populares que despertó el oxi como punto indiscutible de inflexión. Si bien un desmembramiento en clave de repliegue nacional-estatal liderado por la extrema derecha aceleraría la recomposición reaccionaria, cualquier gobierno de izquierdas que se precie como tal tiene que enfrentarse a los límites impuestos por la UE mediante la desobediencia a los Tratados, avanzando en una ruptura en clave popular mientras busca alianzas internacionales y extiende su lucha y genera contradicciones al corazón de los demás países. En términos de construcción de sujeto político, nuestra propuesta busca una gran alianza de las trabajadoras europeas frente a sus respectivas burguesías; es decir, partiendo de la lucha de clases en cada estado, hay que avanzar en formas supranacionales de colaboración, buscando soluciones en una escala europea y tratando de construir movimientos sociales y políticos globales pero con raíces firmes en la realidad local.

Tendencias y contrapesos en la crisis del neoliberalismo

Las principales expresiones políticas que se han derivado de esta reconfiguración del escenario mundial son, principalmente, el auge de la extrema derecha y crisis orgánicas y revueltas. Caracterizar bien los nuevos autoritarismos, definiendo sus diferencias con los fascismos clásicos pero también sus líneas de continuidad, es importante para combatir frivolidades e instrumentalizaciones que justifiquen alianzas con las élites en torno a una defensa abstracta de unos regímenes constitucionales en los cuales los derechos democráticos están cada vez más degradados. Nuestra propuesta antifascista no es el frentepopulismo (que renuncia a la ruptura socialista al ligar la defensa de la democracia a la renuncia a la lucha de clases, mediante un pacto con la burguesía y sus representaciones políticas) ni tampoco el antifascismo defensivo e identitario. Bien al contrario, proponemos la recomposición de la unidad de la clase trabajadora en un sentido amplio, primero entendiendo que la clase trabajadora actual es diversa y, por tanto, que la clase trabajadora migrante es parte del movimiento obrero, y segundo, que no solo se trata de mejorar sus condiciones sino también de llevar a cabo reformas que favorezcan su posición estructural en la sociedad y su capacidad de lucha. Para recomponer un movimiento emancipatorio de clase debemos contar con todos los movimientos (sindical, ecologista, feminista, lgtbiq, antirracista, etc.) porque son consustanciales a la lucha trabajo-capital e imprescindibles para acabar con todas las formas de opresión y con instituciones como el patriarcado, y evitar así el colapso ecológico. Por ello es importante dirigir todos los esfuerzos hacia la construcción de una alianza de los movimientos emancipatorios y desarrollar fórmulas organizativas que identifiquen dónde están los nodos de poder estructural de la clase trabajadora capaces de atacar al capital en el terreno de la producción (¿qué huelga y en qué sectores es más eficaz hoy?) y de la reproducción (huelga feminista).

La cara b del auge de la extrema derecha y de las debilidades de la izquierda son las crisis orgánicas y su forma revuelta, con el proceso chileno como evidencia, que expresan un alto grado de malestar y que, sin embargo, carecen en sus inicios de proyecto y armazón política. En términos destituyentes, el éxito de estos estallidos sociales de naturaleza espontánea dependerá del tejido vivo que exista en las sociedades donde ocurren, y de su capacidad para dar soporte organizativo y dirección política al movimiento. Es urgente, por tanto, prepararse desde la izquierda para estos acontecimientos y poder defendernos ante procesos de restauración del consenso, avanzando así hacia la reorganización política. No nos cabe duda de que, a medida que la grieta de la desigualdad se haga más profunda, estos episodios serán cada vez más frecuentes e intensos, y no podemos permitir que se suturen a fuerza de represión.

Estas tendencias descritas también tienen su correlato en el Estado español. Tras un ciclo político intenso de ascenso de la izquierda que se inició con la crisis del 2008 y dio paso a la irrupción de expresiones políticas partidarias y sociales (15M, Podemos, referéndum catalán, etc.), más de una década después, éstas han desembocado en dique seco, hundiendo en la desafección política a amplios sectores de la sociedad y, lo que es más preocupante, acelerando una desmovilización que es ya generalizada. Un repliegue que se extiende incluso a los movimientos sociales y sindicales que han adoptado una lógica de apoyo y negociación con el gobierno y que van perdiendo progresivamente espacios y poder social, capacidad de combate y autonomía.

Considerando que la crisis actual está golpeando de forma profusa a nuestra clase (especialmente a mujeres, jóvenes y población migrante), por la condición semiperiférica de la economía español dentro de la división internacional del trabajo (turismo, industria desmantelada y con bajo valor añadido, etc.), el actual gobierno de coalición es un gobierno incapaz de llevar a cabo reformas contundentes que reviertan la precaria situación de cada vez más capas de la sociedad. Si bien está consiguiendo pasivizar momentáneamente las posibilidades de la protesta, no está obteniendo los logros mínimos programáticos que constituían sus de por sí modestas promesas electorales, demostrando su incapacidad para enfrentarse a las grandes empresas, como las energéticas o los fondos buitre, ni tampoco interviniendo favorablemente hacia la población en el terreno de las libertades y derechos civiles. Más bien al contrario, tal y como estamos observando en Cádiz con la feroz represión contra quienes ejercen legítimamente su derecho a huelga o la salvaje sentencia contra los seis chavales de Zaragoza.

Nos dirigimos, así, hacia la perpetuación de un modelo en declive (precarización, bajos salarios, debilitamiento estructural y saqueo de servicios públicos) que, paradójicamente, convive con una débil tendencia a la recuperación macroeconómica en marcha. Una relación dialéctica entre desigualdad social muy profunda y deterioro ecológico a medio y largo plazo, y una recuperación parcial a corto, basada en el dopaje de la industria, las ayudas a las empresas con dinero público que más pronto que tarde se convertirá en más deuda y recortes, o medidas cosméticas como el Ingreso Mínimo Vital (IMV). Una relación dialéctica que generará formas de lucha en el terreno del antagonismo de clases, pero también con repercusiones internas en la conformación del estado y su estructura nacional territorial (“la España vaciada”), emergiendo nuevos descontentos y tensiones territoriales que pueden adoptar diferentes formas, no necesariamente de izquierdas.

Nuevas tareas ante difíciles retos

Considerando este nuevo escenario en el que nos encontramos, muy diferente al anterior, estático y embarrado aunque con posibles irrupciones inesperadas, necesitamos readaptar del sentido de la organización, profundizando en la construcción de un partido activo y militante, radicalmente democrático hacia la sociedad y en su organización interna e independiente de los poderes económicos y estatales. Un partido que ponga en marcha nuevas ideas y un proyecto de sociedad ecosocialista alternativo al capitalismo basado en la activa participación pluralista de la ciudadanía en las decisiones mediante la planificación democrática. Ello implica también, mientras seguimos interviniendo en las coyunturas concretas y en la construcción leal de los movimientos, impulsar tareas de corte propagandístico en defensa de la independencia de clase, alternativas programáticas, así como la búsqueda intransigente de mayor cohesión y coherencia en los planteamientos que se formulen. Y abordar una tarea ineludible: sentar los hitos de una estrategia que posibilite ese cambio social de raíz.

Si en la fase del 15M tratábamos de que toda la ofensiva e indignación se tradujera en organización, ahora hay que traducirla en consignas, en ideas y propuestas fuertes que amplíen la conciencia de las mayorías trabajadoras y populares sobre la necesidad de frenar en seco esta deriva y plantear el antagonismo de clase como eje central en esa nueva fase. Contribuir en el seno de los movimientos sociales a la consolidación de su autonomía con respecto al estado desde un punto de vista rupturista y de clase, así como convencer de la necesidad de poner en práctica la unidad de acción y las alianzas programáticas como única vía para resistir, recomponer el movimiento popular y tomar el impulso necesario para hacer frente al neoliberalismo autoritario que gobierna el mundo.

También se trata de pensar una propuesta constituyente que, como queda claro una y otra vez en la historia del Estado español, tendrá que basarse en una alianza entre los movimientos emancipatorios y las naciones sin Estado, defendiendo el derecho de autodeterminación de forma coherente, para así pensar nuevos modelos confederales y republicanos basados en la libertad los pueblos. En este régimen eso no es posible; tampoco lo es bajo la dirección de las élites que dirigen los movimientos nacional-populares de las naciones sin estado. En ese sentido, no renunciamos a hacer apuestas político-electorales que luchen por mantener la brecha rupturista abierta, como es el caso de Adelante Andalucía.

Recordando a Bensaïd, somos conscientes que no debemos caer en una especie de movimientismo abstracto. La recomposición y fortalecimiento en lo social es fundamental y precondición para la construcción de un proyecto socialista, ecologista y feminista que combine la masividad con la radicalidad. Sabemos que esto tiene sus ritmos, y que la historia es un péndulo en donde hay que saber moverse con las oportunidades abiertas y con las oportunidades cerradas. Por eso apostamos claramente por construir una fuerza política capaz de implantarse en el movimiento real, pero que aspire a crear una dirección estratégica que dispute a largo plazo la cuestión del poder: es decir, qué clase gobierna. Lejos de toda veleidad sectaria (el gran riesgo de los proyectos revolucionarios en épocas de reflujo, más preocupados por marcar su minúsculo territorio y robarle algún militante a quién tienen al lado) y de toda impaciencia politicista, asumimos que el ritmo no lo marca simplemente el deseo, aunque nos volcaremos en generar una voluntad colectiva.

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p style=”text-align: justify;”>* Lorena Cabrerizo es una de las portavoces de Anticapitalistas.

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