Dónde podría encontrarse la explicación para que una organización política como la del Estado español se encuentre en un proceso de putrefacción, viendo el devenir de sus instituciones secuestradas por una sórdida mezcolanza de políticos, jueces y medios de comunicación que se alían en una bandada de buitres para carcomer y parasitar una estructura desde sus propias entrañas. El principal problema es que nos vemos obligados a convivir bajo un sistema, el régimen del 78, cuyos cimientos, pilares y cuyo esqueleto es una especie de inestable castillo de naipes, de cartas marcadas, que espera su demolición, pero que mientras tanto sirve de guarida y banquete a los depredadores que se refugian en su interior.

En primer lugar, debemos retroceder a tiempos de la guerra civil para encontrar la primera de las grandes mentiras de la historia reciente de España, al ser asumido, por gran parte de la población, el falso relato de las dos Españas. Relato que desde diferentes ámbitos de la sociedad, como el educativo, el periodístico o el político, se va impregnando de manera interesada hasta enraizarse en el imaginario de la mayoría. Hay que recordar que nunca hubieron dos bandos y que, previo al levantamiento fascista, existía un régimen democrático a modo de república en el que incluso, para que no quepa duda, se dio un gobierno de derechas que defendió sus intereses ideológicos desde unas instituciones refrendadas por el pueblo. Así que, frente a la primera gran falacia de las dos Españas, nos encontramos con una realidad donde un  sistema democrático es aplastado por aquellos que desde un comienzo no creyeron en los principios fundamentales de la democracia y quisieron imponer bajo un levantamiento militar y con las armas, un régimen autoritario y dictatorial que mantuvo, a través del miedo, el control de una sociedad  durante los siguientes cuarenta años.

La segunda gran mentira o distorsión es la del supuesto monarca salvador, realmente  impuesto de manera unilateral por el Caudillo. Mentira que no queda tan solo en el imaginario, sino que  ha dejado consecuencias palpables y tangibles en la forma moderna de organización de las instituciones actuales a modo de monarquía parlamentaria. Una monarquía que jamás fuera elegida democráticamente, sino impuesta por los designios finales del dictador; una monarquía que ha seguido manteniendo las viejas costumbres bien aprendidas por su predecesor de no consultar al pueblo y en la que se ha dado un relevo generacional prácticamente sin que la sociedad si quiera opinara; y una monarquía que no deja de ser una contradicción en su cohabitación con un sistema democrático. Mientras las democracias defienden la igualdad entre todos los miembros de una misma comunidad, la monarquía protege ya no los derechos de las élites, sino los derechos de una familia, manteniendo secuestrada la jefatura de estado de manera hereditaria y sustentando un estatus social y económico a través de su linaje. Además de tratarse, en este caso en concreto, de una monarquía que se perpetúa en el poder gracias a otra de las grandes deformaciones de la historia reciente de España, la del papel más que dudoso por parte del monarca en el intento de golpe de Estado del 23F.

Teniendo la fábula de las dos Españas y un sucesor preparado, ya solo hace falta acomodar el franquismo a los nuevos tiempos, algo que se haría a través del periodo denominado como  La Transición. Dada la presión internacional, la necesidad de Europa de ampliar sus mercados y una intensa aunque pequeña oposición interna; ese viejo franquismo se ve obligado a buscar la fórmula en la que las mismas élites fascistas sigan ostentando el poder. Títeres, como Suárez, más tarde mal endiosado y llevado a los altares incluso por un amplio sector ingenuo de los progres social-demócratas, serán algunas de las herramientas utilizadas para ir apuntalando el nuevo régimen. Quizá una de las pocas verdades sobre la transición sea su propia nomenclatura que alude a que lo que sucedió realmente fuera una simple mudanza. Mientras en la mayoría de países tras un sistema fascista se daba una ruptura total con el régimen anterior, donde incluso se juzgaba a aquellos que habían participado de dicha estructura, en España a lo máximo que se pudo aspirar fue a una transición que, sin juzgar a nadie, buscara el acomodamiento de los franquistas en las nuevas instituciones camufladas en una seudodemocracia.

Una transición que llega a plasmarse en negro sobre blanco en la constitución de 1978, la cual termina siendo una especie de código de interpretación según la coyuntura o según quién la interprete. Interpretación que queda sujeta a los intereses postfranquistas, ninguneada cuando de derechos sociales se trata pero blindada como si de las tablas de Moisés se tratase a la hora de hablar de la unidad de España. De ese modo el artículo 135, la burla constante de los poderes financieros sobre la ciudadanía, o que todo ciudadano merece una vivienda digna, son aspectos que quedan en papel mojado tratándose de la constitución, mientras otro tipo de cuestiones ya sean sobre el modelo territorial o a cerca de la jefatura de Estado tengan el amparo y cuidado de la misma como si de piezas de frágil cristal se tratase. Sin olvidar que se trata de una constitución que entre el pueblo vasco tuviera  tan solo un apoyo mínimo, con un 50% de la población yéndose a la abstención y con un apoyo dentro de ese 50 restante de un 35, con lo que apenas el 17% del total de la ciudadanía ratificase esa constitución, dato a tener en cuenta  y clarificador de muchas de las cuestiones que sucedieran en los años posteriores en el País Vasco.

Después de que unos pocos creasen el fantasma de las dos Españas, se encargaran de perpetuar instituciones anacrónicas como la monarquía, ofreciendo una benévola transición al pueblo, y dejándolo todo por escrito en un contrato a modo de constitución; ya solo faltaba el cebo que saciase las expectativas de una parte de la sociedad, de aquella que se autodenomina de izquierdas.  Seducción de bajos fondos que hace referencia a la última gran mentira o distorsión que termina por afianzar el nuevo régimen y que viene de manos de los socialistas; con lo que los últimos grandes traidores de la resistencia franquista no son otros si no los miembros del PSOE, o al menos quienes desde la cúpula sostenían su caricatura. Aquellos que tomaron  decisiones como la supresión del término marxista de sus estatutos, o el encumbramiento de González, figura elegida y aceptada  por el establishment, para llevar a cabo la misión de apaciguar a ciertos sectores críticos, ofreciéndoles una mísera alternancia. Esa alternancia donde algo cambia para que todo siga igual  y donde los socialistas de manos de Felipe llevan al Estado a la OTAN, los GAL, o inician los procesos de desmantelamiento de lo público presentando su  pleitesía a los mercados.

Superar 40 años de cultivo intensivo franquista es ardua tarea, donde parece que media docena de mentiras y distorsiones de la realidad bien escogidas y ejecutadas, sean los cimientos que sustentan la forma de organizar el Estado hoy día. Para conocer cómo se ha llegado a este punto es imprescindible saber de dónde se viene y cómo esas mentiras al ser repetidas constantemente desde la ideología dominante, terminan por ser asimiladas por la mayoría que acaba siendo alienada. Algunos historiadores cuentan historias y otros, historietas, y aunque Historia solo hubo una, hay muchas historias y demasiadas historietas. También hubo testigos, testigos que decidieron vivir la historia in situ con los ojos bien abiertos, otros muchos que prefirieron cerrarlos, y a muchos a quienes se los taparon.

Iosu Del Moral