El órdago de Pablo Iglesias al PSOE, más allá del efectismo mediático.

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Podemos (We Can) party leader Pablo Iglesias (R) has his microphone adjusted by a technician as Socialist party (PSOE) leader Pedro Sanchez stands before a live debate hosted by Spanish media group Atresmedia in San Sebastian de los Reyes, near Madrid, Spain, December 7, 2015. REUTERS/Sergio PerezLa sorpresiva propuesta de Pablo Iglesias de una alianza de gobierno con el Partido Socialista aceptando la presidencia de Sanchez, ha cosechado numerosas expresiones de admiración y recibido abundantes elogios calificándola de  jugada “magistral”. En esta apreciación puede influir tanto la cuidada puesta en escena con que se realiza su anuncio, como la percepción de la propuesta como una maniobra destinada a desenmascarar al PSOE más que una voluntad  “seria” de alianza.

Esta claro que el efecto inicial ha sido crear un desconcierto tanto en el PSOE como en el resto de partidos, pero sus efectos a largo plazo son más inciertos  ya que dependen en gran medida de la reacción de los destinatarios de la propuesta, del resto de agentes políticos y sobre todo de su impacto en los diferentes sectores de la opinión pública, un impacto siempre impredecible. Sin embargo, creo que la supuesta “maestría” de la oferta al PSOE, no es la cuestión más importante, sino las concepciones políticas y sobre todo organizativas de Pablo Iglesias y de la dirección de Podemos, que ésta pone de relieve. Asimismo la “audacia” de la maniobra puede ocultar un error en la valoración de las implicaciones que puede tener plantearse gobernar con un partido, hasta ayer considerado un pilar del régimen, que de la noche a la mañana hemos situado como protagonista del “cambio”.

Está meridianamente claro que la incorporación a un gobierno presidido por el PSOE significa una ruptura con la línea seguida hasta ahora. Las redes sociales se han llenado de recordatorios de las declaraciones de Pablo Iglesias en las que “garantizaba” que no participaría en un Gobierno que no estuviera presidido por él mismo. Este giro de 180º se ha hecho sin ninguna consulta, no solo con las bases, sino con los dirigentes locales y autonómicos.

Quizás el carácter poco participativo de la toma de decisiones en Podemos que esta propuesta pone de relieve, sea el aspecto más grave, pero tampoco hay que olvidar que refleja una forma de entender la política. Se prioriza el efecto mediático inmediato sobre una estrategia de ir creando un discurso social alternativo, un discurso que ponga sobre la mesa no solo la necesidad de un nuevo gobierno, sino una forma diferente de gobernar y una política clara y contundente en favor de los perdedores de la gestión de la crisis. Porque lo que puede de verdad descolocar al PSOE es una población activa que demanda una nueva política y una “democracia real”. Poner el acento en gestos mediáticos y no en la acción social como “desestabilizador” de los partidos del régimen, refuerza la visión de la acción política como un juego de ajedrez teatralizado, una concepción en la que a la gente se le despoja de cualquier papel protagonista y se le confina, además de votar cuando corresponda, a ejercer de espectadores y “aplaudidores” de las genialidades de sus dirigentes.

La realidad es que a pesar de que la propuesta se presenta con aureola de ganadores, su contenido son concesiones al PSOE. Se le concede la dirección del Gobierno del cambio y se abandona la reivindicación de que solo se participaría en un gobierno en el que se tuviera la mayoría y se presidiera. Situar al PSOE como un partido de “cambio” no solo significa “traicionar” a los planteamientos previos, sino darte “legitimidad” al partido de Sánchez y Susana Diaz. Es verdad que el emplazamiento a constituir un gobierno alternativo al PP puede agudizar las contradicciones del PSOE y generar inestabilidad en el régimen y preocupación en el Ibex 35, pero había que valorar cual era el precio de esa inestabilidad transitoria.

El ofrecimiento de Pablo Iglesias de incorporarse a un Gobierno encabezado por Sánchez se relaciona con una presión social real, reflejada no solo en los resultados del 20D sino en las encuestas, que señalan que sectores sociales amplios priorizan echar a Rajoy y a su partido del gobierno. El problema es que tenemos que responder a esa presión sin a la vez comprometernos con las políticas que el PSOE seguramente va a plantear. Las condiciones programáticas (rescate social, reforma constitucional…) que se defienden para participar en el gobierno de cambio, aunque sean importantes, no son un programa de gobierno y sobre todo no se plantean como “líneas rojas” sino como ofrecimientos sujetos a negociación. La presión unitaria existente para echar al PP  puede convertirse en una presión contra PODEMOS para que baje el listón de exigencias.  En suma al final puede ser PODEMOS el que sufra las contradicciones creadas en su propia carne.

A diferencia del acuerdo programático, la dirección de Podemos hace más énfasis en la necesidad de entrar al gobierno para garantizar que el PSOE no traiciona el acuerdo, participación que de momento si aparece como línea roja (aunque con la dirección de podemos hay siempre que aplicar el titulo de la película “nunca digas nunca jamás”). De nuevo se considera que la única manera de evitar la adopción de políticas antipopulares es la presencia de ministros de PODEMOS en el Gobierno (no se puede negar que cuando es oportuna esa presencia puede ayudar) y no la vigilancia que puede ejercer desde el parlamento con el apoyo de una población activa y reivindicativa. Hay que recordar que tanto el Bloco como el PC portugués han descartado entrar en el gobierno de Partido Socialista, manteniéndose vigilantes en el parlamento y en la sociedad, llegando incluso en alguna ocasión a votar en contra del Gobierno.

Como se ha dicho antes, la lectura de la maniobra como una genialidad se apoya en el impacto producido por la propuesta que incluye la “forma” en que se ha realizado. El rechazo por parte del PSOE se ha escudado precisamente en esas formas. Aunque se pretendiera provocar ese rechazo del partido de Sánchez para desenmascararle, el modo de presentarla le puede servir de excusa ante su electorado y otros sectores sociales (Mostrar actitudes que pueden ser catalogadas de  prepotentes es muy peligroso). Incluso se podría elucubrar sobre si el momento elegido era el adecuado.

Nadie se opone a la necesidad de una táctica imaginativa ni siquiera al  efectismo mediático si sirve para visualizar una estrategia, pero cuando la sustituye y se convierte en si mismo en la estrategia, las posibilidades de errores de calculo se multiplican. Como ejemplo puede servir la “ocurrencia” de Errejon hace unas semanas pidiendo un gobierno presidido por un independiente. Los giros y cabriolas de la dirección de Podemos también ponen de manifiesto los limites y contradicciones de la estrategia “populista” que reivindican, pero esta cuestión queda para otro comentario

Koldo Smith

 

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