Las mujeres y los jóvenes han iniciado una revolución cultural en Polonia

<Declaración el Buró Ejecutivo de la Cuarta Internacional:>

  1. Revuelta masiva tras un nuevo ataque a las mujeres

La “Protesta Negra” de las mujeres en más de 100 ciudades y la huelga de mujeres del “Lunes Negro” del 3 de octubre de 2016 hicieron retroceder al régimen fundamentalista católico de derecha dirigido por el Partido de la Ley y la Justicia (PiS) sobre un proyecto de ley para prohibir completamente el aborto y penalizar a las mujeres que aborten. En una situación sanitaria catastrófica y mientras el confinamiento prohíbe las reuniones de más de 5 personas, el PiS volvió a probar suerte con la esperanza de reducir el ascenso de la derecha todavía más extrema en las urnas, poner un nuevo parche a la alianza gubernamental de la Derecha Unida y también dar satisfacción a los fundamentalistas católicos poniendo el escándalo de la pedofilia, que debilita a la jerarquía eclesiástica, en un segundo plano. Todo ello reafirmando que en la Tercera República de Polonia las mujeres están sometidas a los hombres. El 22 de octubre de 2020, el Presidente del Tribunal Constitucional designado por el PiS anunció que el aborto, “cuando los exámenes prenatales u otras razones médicas indiquen una alta probabilidad de deterioro grave e irreversible del feto o una enfermedad incurable que ponga en peligro la vida”, era inconstitucional.

A partir de la noche del 22 de octubre se inició una movilización de una magnitud desconocida desde 1989. Las mujeres y la generación más joven —estudiantes de secundaria y universitarios de 14 a 25 años— ocuparon las calles, cantaron eslóganes durante las misas dominicales del 25 de octubre y bloquearon el tráfico durante dos semanas. Las manifestaciones masivas continuaron en más de 410 ciudades y pueblos en las semanas siguientes. El 28 de octubre hubo una huelga de mujeres, el 30 de octubre más de un millón de manifestantes, a pesar de un aumento exponencial de las hospitalizaciones y muertes por Covid-19. Todo ello con una demanda central, dirigida a las élites políticas, eclesiásticas e intelectuales que se niegan a permitir que las mujeres disfruten de los derechos humanos: “Iros a joder a otra parte”.

Según todas las encuestas, este movimiento de masas cuenta con el apoyo de dos tercios a tres cuartos de la población.

El Gobierno de la Derecha Unida no se atrevió a publicar el veredicto de su Tribunal Constitucional en la Gaceta Oficial, lo que lo hizo legalmente inaplicable. Espera que el endurecimiento del confinamiento y la represión de los manifestantes reduzcan la escala del movimiento. Pero aunque las movilizaciones actuales se calmen, las mujeres de Polonia no olvidarán esta revuelta. La mayoría de ellas se han dado cuenta de que ellas mismas deben luchar por su dignidad, por otro mundo, su mundo. Ha comenzado una revolución cultural.

  1. Tres décadas de sumisión de las mujeres para reconstruir el capitalismo

Desde 1993, un “compromiso” sobre este tema, entre el gobierno y la Iglesia Católica, tiene como objetivo obtener el apoyo de esta poderosa institución frente a las movilizaciones contra los efectos sociales de la restauración capitalista en curso y para la adhesión a la Unión Europea.

La Iglesia Católica siempre ha considerado que las mujeres no son seres humanos por derecho propio. En el veredicto del Tribunal Constitucional del 22 de octubre, el Estado polaco confirmó esto: las mujeres deben limitarse a una especie de incubadora, con opciones adicionales que les exigen limpiar, cocinar y cuidar a los niños. Se ha legalizado la tortura de mujeres que llevan fetos muertos o con deficiencias irreversibles.

“En este país me siento como una esclava”, “Mi cuerpo es mi negocio”, “No sería un ataúd”, “Mi vientre no es una capilla”, “No quieres un aborto, simplemente no lo tienes”, “Oremos por el derecho al aborto”, “El aborto no es un pecado”, “La revolución es una mujer” – fue con tales pancartas (y muchas otras) que cientos de miles de mujeres se manifestaron en las calles e iglesias de Polonia contra este sistema patriarcal que las oprime, las priva de su libertad y les niega su dignidad. “¡Es la guerra!” proclaman mientras luchan para que nadie se atreva a decidir por ellas, para que finalmente puedan ser reconocidas como seres humanos plenos, para empujar los límites de lo que es socialmente aceptable, por una vida mejor en su mundo.

  1. El levantamiento de la joven generación

Por primera vez en años, fueron principalmente los jóvenes —niños y niñas— los que se manifestaron en gran número. Fueron ellos quienes atacaron a estos “dziaders” —los varones con una visión arcaica del papel de la mujer, no permitiéndoles hablar, convencidos de su propia superioridad e infalibilidad absoluta, generalmente ancianos, en posiciones de liderazgo, es decir, políticos, expertos, jerarcas eclesiásticos— sugiriéndoles “que se vayan a joder a otro lugar”.

La juventud gritó en términos descarnados lo que Greta Thunberg dijo en las Naciones Unidas en 2019: “¡Cómo te atreves! “. Estos jóvenes, a los que el régimen impuso clases de religión en las escuelas, rechazaron la hegemonía cultural de la Iglesia Católica. Esta juventud dice no a una sociedad que impone el miedo, el cambio climático, el desempleo, la falta de un futuro prometedor, las repetidas mentiras del gobierno, el panteón de autoridades, valores y símbolos nacional-católicos. Rechaza el “miedo a follar”, uno de los lemas presentes en muchas manifestaciones. Ya no tolera las reformas escolares que se le han impuesto. No quiere negociar “compromisos”, elige un idioma que los que dominan su país no entienden, quiere decidir su destino y que no se lo impongan los que dicen “saber más”.

Cuando se enfrentaron al Ministro de Educación y Ciencia, que exigió que los maestros “enseñaran” a sus estudiantes a no manifestarse, respondieron con una sola voz: “Ve y hazlo”. Su revuelta no sólo se refería a la lucha por el derecho al aborto sino a mucho más: el derecho de cada individuo a decidir sobre su cuerpo, su identidad, el futuro de la sociedad, su derecho a ser solidario, digno, libre.

En la actualidad, las mujeres y los jóvenes han transformado las modestas pero combativas y espontáneas huelgas climáticas y manifestaciones en defensa de los LGBT+ de años anteriores en cientos de miles de manifestantes.

  1. Crisis política y crisis de hegemonía eclesiástica, crisis de la Tercera República

Ante el desarrollo de la pandemia de Covid-19, el gobierno del PiS ha privilegiado su victoria en las elecciones presidenciales (ya intentado durante el confinamiento del 10 de mayo, luego aplazado hasta el 28 de junio de 2020) y no la protección de la salud de la población. En lugar de adaptar el sistema escolar a la pandemia, se centró en la enseñanza de la homofobia. Acusó a los trabajadores de la salud de trabajar muy poco mientras hacían pedidos de respiradores a un traficante de armas… que no funcionan. Finalmente, eligió atacar a las mujeres. Esta última fue la gota que colmó el vaso y abrió una gran crisis política.

La crisis ha llegado incluso al corazón de las instituciones. El partido gobernante y el Primer Ministro han perdido apoyos. Surgieron diferencias dentro del gobierno sobre cómo salir de la crisis, con el Presidente Duda queriendo aparentar que “entendía” las demandas, mientras que el líder del PiS quería la represión.

Sin embargo, el comandante de la policía pidió a sus tropas que actuaran “de manera equilibrada y prudente”. Además, en una acción sin precedentes, más de 200 generales y almirantes retirados temieron “una situación en la que una vez más en las calles de las ciudades polacas el uso de la fuerza podría provocar víctimas inútiles”, pidiéndoles que “respetaran la voluntad de la mayoría de la sociedad y modificaran las soluciones inaceptables”.

El compromiso sistémico entre todos los partidos políticos en el poder y la Iglesia, que fue la base de la Tercera República Polaca, ha sido cuestionado. Iba a ser el bastión del cristianismo en una Europa secularizada. Pero ya no hay ningún status quo; la Iglesia, su impunidad, su hegemonía cultural ya no son tabúes.

  1. Reivindicaciones democráticas

El levantamiento popular en defensa de los derechos de la mujer —pero también de los LGBT+ y más generalmente de las libertades— fue esencialmente espontáneo. Pequeñas asociaciones feministas (divididas, por lo demás, entre ellas) y sus activistas desempeñaron el papel de portavoces en los medios de comunicación, se empezaron a construir nuevas redes, pero sobre todo sin que la generación más joven estuviera representada, aunque fuera sólo simbólicamente, pero sobre todo, contrariamente a la tradición de las revoluciones obreras polacas de 1956 o de 1980-1981, no hubo una autoorganización de masas. Los partidos políticos de la oposición al PiS, que son más electorales que las estructuras militantes, no desempeñaron un papel, aunque algunos de sus representantes elegidos eran visibles en el movimiento. Lo mismo ocurre con los sindicatos entre los que, en minoría, han declarado su apoyo al movimiento. Así que hay una gran brecha entre el paisaje político tradicional polaco y esta revuelta masiva.

La asociación “Huelga General de Mujeres” presentó las demandas “que se pueden leer en los carteles”: “Queremos una verdadera Corte Constitucional, una Corte Suprema totalmente justa, un verdadero Defensor de los Derechos Civiles; Queremos un nuevo presupuesto —un fondo de salud, ayuda a los trabajadores, cultura y apoyo real a los discapacitados; Queremos derechos completos para las mujeres, aborto legal, educación sexual, anticonceptivos; Queremos todos los derechos humanos; Queremos un Estado laico, con el fin de la financiación de la Iglesia a cuenta del presupuesto del Estado y la religión fuera de las escuelas; Queremos la renuncia del gobierno”. En la conferencia de prensa del Consejo Asesor, se presentaron demandas adicionales: “10% del presupuesto estatal para la atención a la salud; Dimisión del Ministro de Educación y Ciencia; Fin inmediato de la financiación estatal de la Iglesia y su verdadera separación; Derecho de los niños a partir de los 13 años de edad a decidir si quieren asistir a clases de religión; Eliminación de la cláusula de conciencia; Fin del concordato; Desfastización de la vida pública; Abolición de los contratos de trabajo desprotegidos, lucha contra el acoso y la explotación; Lucha contra la crisis climática; Una Polonia mejor para las personas LGBT+; Medios de comunicación públicos que son una verdadera fuente de conocimiento e información”.

Se trata de una lista de reivindicaciones que no van más allá de la democracia formal laica; por debajo de la “revolución cultural” que invadió las calles polacas en octubre y noviembre de 2020, pero que no ha sentado (¿todavía?) las bases para una autoorganización social duradera o incluso para la construcción de una nueva representación política de l@s revoltad@s.

  1. Una lucha internacional

El 22 de octubre de 2020, día del veredicto del Tribunal Constitucional de Polonia, los gobiernos de Brasil, Egipto, Estados Unidos, Hungría, Indonesia y Uganda celebraron una ceremonia internacional en línea, transmitida desde Washington, para firmar virtualmente, junto con otros 27 países[1] —incluida Polonia— una declaración contra el derecho al aborto “para proteger el derecho de la mujer a ser madre”, en palabras del ministro de la familia húngaro. Esta alianza de países gobernados por fundamentalistas de diversas religiones es una afirmación del patriarcado estatal contra los derechos humanos y una declaración de que los cuerpos humanos —mujeres, niños, homosexuales, trans y no binarios— son territorios dominados por el Estado.

Contra el derecho al aborto y, más en general, contra todos los derechos de las mujeres, contra los de las personas LGBT+, es una verdadera red internacional ultraconservadora, apoyada por las autoridades estatales, que hace campaña en el contexto de una mutación del neoliberalismo autoritario en crisis. Esta red es la que ha financiado en gran medida las actividades contra el derecho al aborto de la extrema derecha polaca, como el “Ordo Iuris” o la “Fundación Vida y Familia”. Es esta misma red internacional la que aplaudió el nombramiento por D. Trump de la juez abiertamente “pro-vida”, Amy Coney Barrett, a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Es esta corriente la que rechaza los abortos de las jóvenes, víctimas de violación e incesto, en Brasil o Argentina.

Ante esta ofensiva, es responsabilidad de las organizaciones del movimiento obrero y de las feministas de todos los países movilizarse en solidaridad con la revuelta de las mujeres en Polonia. Los poderosos movimientos feministas que han surgido desde 2017, en particular en América Latina y Europa, en torno al lema de la huelga de mujeres son cada vez más importantes para ganar y preservar los derechos de las mujeres ya adquiridos y extenderlos a todo el mundo.

[1] A continuación se presenta la lista de países que firmaron la llamada declaración del “Consenso de Ginebra” (que debía tener lugar antes de la Asamblea Mundial de la Salud, que se aplazó debido a la crisis sanitaria): Arabia Saudita, Bahrein, Belarús, Benin, Brasil, Burkina Faso, Camerún, Djibouti, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos de América, Gambia, Georgia, Haití, Hungría, Indonesia, Iraq, Kenya, Kuwait, Libia, Nauru, Níger, Omán, Pakistán, Polonia, República Democrática del Congo, Senegal, Sudán, Uganda, Zambia.

Una convergencia de crisis dominada por la pandemia de covid-19

Copyright Dominique Botte

Buró Ejecutivo de la Cuarta Internacional
Introducción

En el año 2020 hasta ahora se ha visto la convergencia de grandes crisis, la más característica es la pandemia covid-19 que, al parecer había alcanzado un pico en el segundo trimestre, está alcanzando una vez más niveles sin precedentes de infección. Esto se ha combinado con los efectos extremos de la crisis climática: incendios forestales en California y Brasil, inundaciones generalizadas en Asia; la ofensiva neoliberal reforzada mientras los gobiernos capitalistas tratan de recuperar las pérdidas del período de confinamiento; reaparición de conflictos localizados como en el Mediterráneo oriental en un contexto de lucha continua por la hegemonía geopolítica. Al mismo tiempo, la incertidumbre del resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses es un factor en la situación internacional. Es demasiado pronto para decir cómo será el mundo a finales de 2020 y hasta qué punto habrá cambiado profundamente.

Los efectos combinados de estas crisis siguen revelando las formas en que los trabajadores pobres y, entre ellos, en particular las mujeres, los negros y las minorías étnicas así como las poblaciones rurales sufren todas estas crisis. Pérdida de vidas, de empleos y medios de vida, de educación, de hogares… se combinan para crear una capa cada vez más empobrecida y desposeída en todo el mundo. Las luchas y los movimientos  se han desarrollado desafiando a gobiernos autoritarios que descuidan la salud de sus poblaciones, impugnando las condiciones inseguras de políticas de “retorno al trabajo” cuyo objetivo es beneficiar a la economía capitalista  y poniendo de relieve el lugar particular que ocupan las mujeres y las minorías étnicas entre los trabajadores esenciales. Éstos estallaron de manera dramática con el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos, que impugnó el racismo y la violencia policial, que rápidamente se extendió por todo el mundo, no sólo como movimiento solidario, sino también desafiando las manifestaciones locales de racismo y violencia policial.

Una pandemia continua

A principios de junio, cinco meses después del estallido de la pandemia de Covid-19, ya había causado más de 400.000 muertes en todo el mundo, con más de 6,8 millones de casos registrados oficialmente en 216 países —y más de 3.000 millones de personas habían sido confinadas en sus hogares hacia abril—.

A medida que la pandemia comenzó a retroceder en Europa, después de haber retrocedido en China y el Lejano Oriente al comienzo de la primavera, pero se mantuvo particularmente aguda en América del Norte y del Sur, se planteó la cuestión de hasta qué punto habría una segunda ola galopante de infección, o si el virus mutaría en una forma más benigna, las incertidumbres seguían siendo muy grandes.

A mediados de octubre de 2020, el número total de muertes en todo el mundo ascendió a 1,2 millones, y confirmó más de 40 millones de casos. Estados Unidos, India y Brasil siguen encabezando las listas de muertes e infecciones, pero la tasa de infección está aumentando en todas partes, de un modo particularmente brusco en Europa, donde el Reino Unido ha registrado más de 43.000 muertes y más de 33.000 en Francia y el Estado español.

En muchos países, el número de personas infectadas, enfermas o muertas es notoriamente subestimado, en primer lugar debido al deseo político de ciertos líderes de negar la gravedad de la situación, y también por la falta de medios para probar, hospitalizar y centralizar el recuento de casos Covid-19.

Frente al desastre sanitario del neoliberalismo globalizado, muchos gobiernos, bajo la presión de la profesión médica y la opinión pública, trataron de recuperar el control tomando medidas contundentes. El resultado fue una clara calma en la epidemia —a principios de la primavera en China y el Lejano Oriente, a finales de la primavera en Europa y Nueva Inglaterra— que condujo a una flexibilización más o menos extensa del confinamiento, con el mantenimiento de medidas de barrera, en sociedades traumatizadas por la violencia de la enfermedad y las medidas gubernamentales adoptadas. En la mayoría de los países de América del Norte y del Sur, la India y otros países de Asia y África la pandemia siguió desarrollándose lentamente, con medidas de protección muy desiguales. ¡Algunos países como Argentina o Filipinas han experimentado un confinamiento ininterrumpido desde marzo!

Con la llegada del otoño al hemisferio norte, una gran segunda ola de infección está tomando forma en Europa y Oriente Medio con nuevas restricciones, desde el aumento de los períodos de cuarentena para los viajeros, hasta la reimposición de medidas de bloqueo y toque de queda fuertemente represivas, a menudo diferenciadas regionalmente, en varios países de Europa.

Crisis económica

Las consecuencias de la desaceleración de la economía causada directa e indirectamente por medidas para confinar a la población, sin compensación financiera o totalmente inadecuada, en el contexto de una crisis financiera que ya se había estado gestando durante mucho tiempo, están empezando a entenderse mejor: una caída del Producto Interior Bruto (PIB) del 10% de media en los países de la OCDE (Europa , América del Norte, Japón, Corea del Sur, Australia…) en el segundo trimestre de 2020 (en comparación, fue del -2,3% en 2009 durante la crisis financiera anterior); una caída del 25% en India, del 20% en Gran Bretaña, del 17% en México, del 14% en Francia, del 9,5% en Estados Unidos, del 7,8% en Japón. La caída de la producción ya fue del 2 al 3% en el primer trimestre. Sin embargo, los líderes chinos proclaman que la recuperación ya ha tenido lugar en China en el segundo trimestre: +3,2% (frente al -7% en el primer trimestre). En cualquier caso, las proyecciones actuales estiman que el PIB mundial caerá alrededor del 6% en 2020 sobre la base actual, y no volverá a su nivel anterior a la crisis antes de 2023, sin anticipar un posible empeoramiento de la situación de la pandemia.

Hubo decenas de millones de desempleados en China en marzo, hasta 22 millones de desempleados en los Estados Unidos en abril de 2020 —y, si bien se anunció que estas cifras caerían bruscamente en los meses siguientes, parece que los puestos de trabajo que se están volviendo a crear son mucho más precarios y a tiempo parcial que antes de la crisis— y en Estados Unidos se estima actualmente que el número de personas con empleo es de 11,5 millones menos que en febrero. En la Unión Europea, el número de desempleados ha aumentado al 7,8%, ¡con enormes disparidades entre el norte y el sur!

Una nueva trampa de deuda se está acercando a un número creciente de países del Sur cuyas dificultades estructurales están empeorando con la crisis del Covid-19: una reducción de las reservas de divisas, un fuerte deterioro en términos comerciales con la caída del precio de las materias primas acompañada de una depreciación de las monedas de estos países frente al dólar estadounidense. Diecinueve países del Sur ya han suspendido pagos y hay 28 países con un alto riesgo de sobreendeudamiento. Los países del G20, el FMI y el Banco Mundial apoyan indefectiblemente a los acreedores y agravan aún más el endeudamiento de los países del Sur con financiación de emergencia principalmente en forma de préstamos, al tiempo que refuerzan la aplicación de políticas neoliberales de austeridad. Los reembolsos serán mayores en los próximos años y pesarán cada vez más en los trabajadores y las clases trabajadoras. La Cuarta Internacional apoya las diferentes movilizaciones de movimientos que luchan a nivel internacional por la abolición de las deudas ilegítimas.

Estragos por la ofensiva de las burguesías y sus gobiernos

Para los capitalistas y sus gobiernos, es necesario volver al trabajo y consumir lo que cueste en términos de salud y finanzas públicas, pero por otro lado tratan de limitar de una manera más o menos extrema otras libertades en nombre de la lucha contra la pandemia: moverse, reunirse, entretenernos de manera que eviten el gasto de un sistema adecuado de seguimiento de pruebas y de apoyo.

– Se promulgan planes de ayuda masivos para las empresas (a menudo independientemente de su crisis real), incluidas las reducciones de jornada y de impuestos en sectores de actividad que son viables, desde China hasta Estados Unidos y los diversos países europeos.

A su nivel, la Unión Europea ha proclamado un plan europeo de recuperación de 750.000 millones de euros en 3 años, de los cuales poco más de la mitad se encuentra en forma de deuda mutualizada, con una contrapartida de control sobre las políticas nacionales en los próximos años (esto es en parte un efecto propagandístico, ya que representa en realidad el 1% del gasto público).

– Los servicios públicos están sometidos a una presión cada vez mayor; no estamos viendo una reinversión masiva en salud pública, educación, atención para ancianos y niños y el apoyo a las personas discapacitadas u otros sectores que la crisis sanitaria ha puesto en grandes dificultades. De hecho, también estamos asistiendo a una creciente penetración del capital privado en sectores que, al menos en Europa, se han ejecutado como parte del sector público.

– En esta ocasión se están aplicando políticas cada vez más autoritarias. Después de la lucha contra el terrorismo, es la lucha contra la pandemia la que se utiliza para justificar las medidas liberticidas: policía en todas partes; multas prohibitivas para aquellos que no respeten las cuarentenas o las máscaras obligatorias —después de dar mensajes contradictorios acerca de su eficacia—; confinamientos y toques de queda que prohíben la vida social.

Estas políticas se afirman junto con la estigmatización de los jóvenes y los estratos populares, en particular las personas racializadas, ya sean de comunidades de larga trayectoria o de origen migrante más reciente, mantenidas como desconsiderados e irresponsables, como si no quisieran protegerse a sí mismas.

– La legislación laboral está sufriendo duras sacudidas en todas partes, se está perpetuando la flexibilidad impuesta inicialmente en nombre de una situación económica excepcional y se está facilitando el cierre de empresas;

– los derechos sindicales, de asociación y de manifestación han sido estrangulados durante el encierro y siguen siendo limitados, a menudo sujetos a normas cercanas a un estado de emergencia;

– Al mismo tiempo, estamos viendo una represión contra los migrantes, en particular en la frontera sur de Estados Unidos o al otro lado del Mediterráneo.

Pero las convulsiones de esta crisis multidimensional también contribuyen a una competencia exacerbada entre las grandes potencias y entre países: entre Estados Unidos y China -entre estados Unidos de Trump y el resto del mundo, empezando por Irán; con la Rusia de Putin; entre la Turquía de Erdogan y sus vecinos, por ejemplo la disputa con Grecia que se está calentando, con potencias europeas como la Francia de Macron avivando las llamas del conflicto. El régimen corrupto de Azerbayán, que perdía los medios financieros para mantener su despotismo, ha lanzado la ofensiva en Carabah con el apoyo de las fuerzas aéreas turcas y de mercenarios sirios. Intenta de ese modo dotarse de una legitimidad y aplazar cualquier posibilidad de proceso democrático.

Por último, con respecto a la crisis ambiental, aunque la caída de la producción mundial en la primavera puede haber tenido un breve efecto positivo en el nivel de contaminación y el calentamiento climático, sigue habiendo una fuerte tendencia a que aumenten los daños ambientales: los gigantescos incendios de 2020 en Australia, Brasil y toda la región amazónica o Estados Unidos son el resultado del aumento de las sequías causadas por el cambio climático, por la gestión neoliberal del territorio y, a veces, por sistemas de agricultura pirómana.

Efectos sociales y de salud

En cuanto a las políticas de cribado de coronavirus y el tipo de pruebas, las políticas de protección (máscaras, restricciones de acceso, cuarentenas…), la atención hospitalaria y el equipo, la investigación de vacunas: hay una avalancha de competencia y mala gestión liberal, ineficiencia burocrática, con riesgos de nuevos bloqueos traumáticos y nuevas crisis hospitalarias descontroladas mientras el personal sanitario está agotado y a menudo se ve particularmente afectado por el coronavirus.

Por lo tanto, hemos visto a los países ricos (empezando por los Estados Unidos) ser mucho menos eficaces en la lucha contra la epidemia que algunos países considerados pobres (Vietnam, Cuba…) pero con una tradición de atención sanitaria comunitaria.

¡También hemos visto las fuertes desigualdades sociales, raciales, de edad y de género frente a la pandemia! Empleados de base en los sectores de la salud, la limpieza y el transporte, a menudo altamente feminizados y racializados; trabajadores precarios e informales que no pueden permitirse el lujo de detener su trabajo, a menudo muy expuestos a enfermedades pero perdiendo la mayor parte de sus ingresos; las clases trabajadoras, a menudo racializadas, que sufren las consecuencias de las condiciones de vida superpobladas y la comida basura; migrantes y trabajadores en el extranjero; campesinos e indígenas de los países del Sur; personas vulnerables mayores de 65 años y, en general, personas que sufren de enfermedades crónicas: a pesar de que figuras públicas, artistas y líderes políticos también hayan sido sorprendidos por el Covid19, ¡el coste más elevado ha recaído en quienes son víctimas de la pobreza y las opresiones múltiples!

En particular, las mujeres han concentrado los riesgos y el sufrimiento en la carga de sus tareas profesionales y familiares y en la violencia machista que han generado y amplificados la pandemia y los confinamientos.

Ante los desastres sociales provocados rápidamente por los cierres y los confinamientos, muchos gobiernos —pero no todos— rompieron temporalmente con el dogma de la austeridad presupuestaria y distribuyeron ayudas sociales básicas: de nuevo, desde China hasta los Estados Unidos, incluidos varios países europeos. Estas asignaciones de unos pocos cientos de euros, pagadas en un solo pago o mensualmente, han servido como un amortiguador social mínimo, e incluso han ayudado a hacer que algunos de los sectores populares sean un poco más comprensivos con los líderes políticos, como sucedió con Bolsonaro en Brasil.

Sin embargo, estas políticas de nuevas redes de seguridad social son coyunturales y claramente no constituyen un punto de inflexión neokeynesiano para sectores significativos de la burguesía. La explosión de la deuda pública tendrá consecuencias duraderas y graves, ya que servirá como pretexto para profundizar las contrarreformas estructurales encaminadas a los contratos de trabajo, los derechos sindicales y los sistemas de seguridad social. Los gobiernos están pagando la deuda pública religiosamente y se están preparando para presentar el proyecto de ley neoliberal (especialmente en lo que queda de los servicios públicos) reafirmando el discurso de la competitividad. En ninguna parte los gobiernos utilizan las rentas altas y las grandes fortunas que, de hecho, han fortalecido sus activos. En ninguna se han nacionalizado las compañías farmacéuticas en un momento de gran necesidad.

Los efectos de la pobreza digital se han intensificado durante la pandemia:

– el acceso a la enseñanza en línea –las luchas de los profesores en todos los niveles por la enseñanza en línea para reducir los riesgos de la enseñanza presencial en los centros educativos no adaptados al distanciamiento físico y al respeto de las medidas de barrera han logrado algunas victorias; tienen que ir acompañados de la lucha por los estudiantes en cuanto al acceso a Internet, dispositivos y espacios de trabajo;

– el acceso a los servicios gubernamentales y de las autoridades locales es cada vez más tan sólo por Internet;

– Las compras por Internet han aumentado masivamente dejando en graves apuros a quienes no tienen las herramientas necesarias para acceder a ella (internet, tarjeta de crédito) y aumentando la explotación de quienes trabajan en la distribución (Amazon, por ejemplo, o el servicio postal).

El resultado a nivel político y en términos de luchas

La legitimidad de los poderes políticos y la lógica dominante de los beneficios se ve cada vez más erosionada en este contexto general, se ha visto que no ha podido hacer frente a tal catástrofe. Los trabajadores, especialmente los trabajadores “de abajo” y “en primera línea”, han sido revalorizados simbólicamente… Pero con los temores combinados a la enfermedad, el desempleo y la represión, el camino de la lucha es, para muchos, muy difícil en este momento. La resistencia no ha logrado crecer en número y seguir adelante con los destellos de la esperanza en junio.

En muchos países (si no en la mayoría) los principales sindicatos se han sumergido por completo en la crisis de la pandemia. No sólo se han vuelto aún más reticentes y renuentes a cualquier conflicto importante, a menudo ni siquiera tienen nada que decir sobre la política de crisis de las clases dominantes. Sin embargo, siguen desempeñando un papel importante en las luchas defensivas diarias de la clase trabajadora. Por lo tanto, en el futuro será importante en muchos países —más aún que en el pasado— participar en una política de lucha de clases en los sindicatos y generalizar las limitadas iniciativas que adoptan los sindicatos o las corrientes con un enfoque más combativo.

Muchos de los movimientos sociopolíticos balbuceantes o latentes de antes de la pandemia se han visto sofocados por la intensificación de la represión en Hong Kong, Argelia y Egipto. Los movimientos sociales y democráticos también han sido suspendidos bajo la epidemia en Chile, Irak, Francia, Cataluña… ¿Son posibles resurgimientos rápidos en estos países?

Sería necesario analizar con mayor detalle lo que ha sido de las estructuras ascendentes basadas en la solidaridad popular acumulada durante la pandemia, que podría desarrollarse en varios países.

Afortunadamente, varios movimientos de masas se han estado afirmando desde el final de la primavera, sobre diferentes bases pero con un contexto común de lucha por la democracia y contra el funcionamiento competitivo de la sociedad:

– El movimiento contra el racismo y la violencia policial, que comenzó en Estados Unidos, sigue siendo muy fuerte —en Europa, también en solidaridad con los migrantes sobre una base más limitada pero esencial (como las recientes manifestaciones en Alemania);

– El resurgimiento de la revuelta en el Líbano contra la corrupción del régimen confesional, empezando por la explosión del puerto de Beirut;

– El levantamiento en Mali;

– El levantamiento en Bielorrusia contra el gobierno de Lukashenko y sus elecciones constantemente amañadas;

– El levantamiento de la juventud tailandesa contra la realeza desacreditada;

– La victoria electoral en la primera vuelta del MAS en Bolivia como resultado de la movilización masiva;

– La revuelta popular en Chile ha forzado un referéndum el 25 de octubre sobre la constitución de la dictadura de Pinochet: el rechazo sería una victoria significativa.

Queda por ver qué nuevo ascenso puede tener lugar, integrando las lecciones de la pandemia, por los movimientos contra el cambio climático y la contaminación masiva, y más en general por las luchas ecologistas. ¿Qué resurgimiento de los movimientos feministas, que se han hecho valer a la vanguardia de las luchas en los últimos años?

El potencial de luchas y levantamientos sigue ahí contra un orden dominante que, frente a una crisis de ganancias y creciente deslegitimación, está tratando de fortalecerse con un autoritarismo generalizado, pero con ciertos líderes que a veces son muy aventureros, incluso desde el punto de vista de la burguesía. Pero este potencial ha tenido dificultades para expresarse hasta ahora debido al miedo a la pandemia y la confusión de medidas para revertirla. Hasta ahora no ha sido posible cambiar el equilibrio de poder y hacer que una alternativa al capitalismo sea más creíble.

En esta situación, las ideologías más reaccionarias y autocráticas, conspirativas y racistas se afirman en la extrema derecha, se estructuran y, para atacar a los oprimidos y explotados en lucha, encuentran relevos o incluso conductores con líderes políticos que ganan o se aferren al poder como Trump, Putin, Bolsonaro, Xi Yiping, Modi, Duterte, Rohani, Nethanyahu, Erdogan, Orban, Kacz… mientras que los líderes más “presentables” sólo pueden alentarlos al llevar a cabo ataques contra principios democráticos, a menudo sin precedentes en sus países durante décadas.

Las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos serán un evento decisivo: si conducen a una reelección (probablemente ilegítima) de Trump, podrían hacer que la situación sea aún más tensa, con una polarización en la que la extrema derecha ganaría una ventaja y los riesgos de revuelta masiva crecerían. Por otro lado, si Trump fuera derrocido, un eslabón importante en la cadena de la extrema derecha y los gobiernos autoritarios sería eliminado y, sin tener ilusiones en lo que Biden representa o pretende, esto representaría un soplo de aire fresco para las personas explotadas y oprimidas en la lucha en todo el mundo.

Conclusión

El movimiento obrero, los movimientos sociales (y nosotros mismos) están desarmados, divididos entre la necesidad de cuidar de la salud, de protegernos de la pandemia, por un lado, y, por otro, de la oposición a las medidas de restricción de la libertad impuestas por los gobiernos que han destruido la protección social y los sistemas de salud pública.

¡Los y las revolucionarios y activistas anticapitalistas se enfrentan a grandes tareas! Debemos ayudar a forjar y fortalecer los frentes unitarios de los explotados y oprimidos contra los gobiernos autoritarios y los programas ultraliberales.

En la situación de emergencia que estamos viviendo, es esencial en todas partes reinvertir masivamente en los servicios públicos universales, empezando por los sistemas de salud, y relanzando masivamente los programas de asistencia social y vivienda financiados mediante impuestos a los ricos y los beneficios y el bloqueo de dividendos. Es necesario socializar las industrias farmacéuticas y de otros intereses generales como la energía, el sistema bancario y la distribución de agua. Los sistemas de producción deben reconvertirse para satisfacer inmensas necesidades sociales en lugar de las industrias mortíferas de armamento, productos químicos contaminantes, artículos de lujo, etc. La agricultura debe reorientarse hacia sistemas sostenibles de cultivo del suelo y de los recursos naturales. ¡Hay que detener las políticas discriminatorias, abrir fronteras para proteger a las poblaciones en peligro de extinción y poner en común los intercambios humanos en lugar de ponerlos en competencia y provocar guerras!

Debemos conceder un lugar central a la auto-organización de la población y de los trabajadores de la salud y los cuidados. Las medidas más eficaces para luchar contra la pandemia son las que serán mejor aceptadas porque serán definidas por las propias personas con los trabajadores de la salud y los cuidados. Se trata de recuperar el control sobre nuestras vidas.

En este camino, en las luchas, en la resistencia contra el capitalismo destructivo, por la democracia y por una política económica alternativa y sostenible, está la posibilidad de cambiar las relaciones de poder nacionales que hoy son desfavorables y hacer más concreta una alternativa ecosocilista para la humanidad.

19 de octubre de 2020

¡Apoyo total a las movilizaciones contra la autocracia de Lukashenko!

(Declaración del Buró Ejecutivo de la Cuarta Internacional)

1. A pesar de una represión extremadamente brutal (ya más de 12.000 detenciones, centenares de heridos y al menos cuatro muertos), la rebelión de masas de la población bielorusa está entrando en su novena semana extendiéndose socialmente y más allá de la capital, Minsk, sin lograr por el momento transformarse en una huelga general. Desde el fraude en los resultados de las elecciones presidenciales del 9 de agosto, en este país de 9,5 millones de habitants, ubicado entre la Unión Europea y Rusia, cada semana cientos de miles de manifestantes pacíficos, en particular mujeres, han estado exigiendo:

• La marcha de Lukashenko (quien organizó su investidura el 23 de septiembre en medio del mayor de los secretismos, bajo la protección del ejército y la policía, que bloquearon el centro de la ciudad);

• Elecciones libres y limpias;

• El fin de la violencia policial y la puesta en libertad de los presos politicos.

Esta impresionante movilización de la Resistencia popular ganó impulso tras las primeras manifestaciones posteriores al anuncio de los resultados oficiales de las elecciones se topó con el terror gubernamental. Pero sus raíces son más profundas: durante más de cinco años —en el contexto de la crisis ucraniana y de las sanciones contra Rusia— el deterioro económico y social del regimen autocrático de Lukashenko, su política neoliberal en el terreno laboral (incluida la substitución de los convenios colectivos por un sistema de contratos totalmente individualizados) y la persecución de los desempleados, la congelación salarial desde 2015, el aumento de la edad de jubilación, la negación de la dignidad de los trabajadores frente a la pandemia… La población bielorusa se ha levantado contra un régimen que trata a las gentes como mercancías de usar y tirar, esto es, los tortura y les miente acerca del coronavirus.

2. Tras alcanzar el poder en 1994 con un discurso populista, cuando la población se estaba movilizando contra las privatizaciones, Lukashenko formó un regimen autoritario para alcanzar la restauración capitalista. Es un sistema perculiar de capitalismo semiperiférico, en el que el poder politico y económico no se basan en lo esencial en el gran capital privado, sino en un aparato de Estado burocrático-paternalista del que Lukashenko constituye un símbolo (sin que le pertenezca). Pero destinando una parte substancial de los recursos estatales a mantener la industria, el sector agrario, las infraestructuras y la población, este régimen ha subordinado los elementos del capital privado a sus cargos públicos, limitando (a diferencia de Rusia) el crecimiento de las desigualdades. De ahí que sea la nomenklatura, entremezclándose con el capital privado, la que subyuga y explota a los trabajadores tanto desde el punto de vista económico, administrativo, politico y cultural-ideológico. Es este sistema el que entró en un un estancamiento creciente desde 2013 y que hoy se ha sumergido en una crisis multidimensional.

3. Proclamada a finales de los años 90, la Unión de Rusia y Bielorusia, que representó un intento de reintegración del espacio postsoviético durante la última década, finalmente se convirtió en una forma de dependencia económica del país en relación con Rusia mientras se mantenía la autonomía del régimen bieloruso. Quedó claro que la Rusia de Putin entiende la intergración de países postsoviéticos tan sólo como una oportunidad para la expansión del gran capital ruso y su papel clave en la privatización de antiguas empresas soviéticas. Para Lukashenko dicha integración, no sólo significaría la pérdida de control sobre la propiedad, sino también la pérdida del poder político, que habría pasado a los burógratas y a la alta gerencia rusa.

El modelo económico y político de Lukashenko en Bielorusia tenía que maniobrar constantemente entre la Unión Europea y Rusa para sobrevivir. De ahí que Occidente, a pesar de su incomodidad ante el autoritarismo de Lukashenko, le tenía en buena estima por su deseo de mantener su independencia de Rusia y su resistencia ante la expansión de bases militares rusas a Bielorusia. Este estatus neutral de Bielorusia permitió a Minsk convertirse en la principal plataforma para las negociaciones entre Rusia, Ucrania y la UE en 2014. Para Putin, por otro lado, Lukashenko seguía siendo un líder que jamás permitiría a su país un acercamiento a la OTAN y mantuvo buena parte de la economía bielorusa orientada hacia Rusia. Por consiguiente, Lukashenko no contaba con la confianza ni de Rusia ni de Occidente, pero a su vez les satisfacía al mantener la estabilidad de la posición actual de Bielorusia.

Las protestas de masas que se iniciaron en Bielorusia tras las elecciones presidenciales del 9 de agosto tienen, ante todo, causas internas. Durante los últimos años hemos visto como Lukashenko fracasaba totalmente en la resolución de esta crisis por sí solo y se volvía hacia Rusia en busca de ayuda. Asesores políticos y representantes de agencias especiales de seguridad rusas han llegado a Bielorusia y Putin ha expresado abiertamente su voluntad de mandar a la policía antidisturbios rusa para ayudar a Lukashenko. Ahora, si Lukashenko consigue mantenerse en el poder, su dependencia política de Rusia se va a incrementar dramáticamente y se volverá extremadamente impopular en su país.

Tras conversaciones recientes entre Putin y Lukashenko, se hizo evidente que Moscú ve la crisis en curso en Bielorusia como un modo de llevar adelante una transformación gradual desde arriba del modelo autoritario. Es una cuestión de modificaciones de fachada (reforma constitucional) con el objetivo de facilitar la privatización de las grandes empresas estatales bielorusas por parte del gran capital ruso. La UE en su conjunto está dispuesta a aceptar dicho modelo, ya que no puede ofrecer a Bielorusia ninguna alternativa distinta y teme provocar que Putin cree otro punto de conflicto (político y posiblemente militar) en Europa del Este.

En última instancia, tan sólo el pueblo que se ha levantado para protestar está interesado en una transformación y una democratización profunda del país.

4. Si bien tras las “elecciones” presidenciales de 2001, 2006, 2010 y 2015 —cuyos resultados siempre habían sido contestados por la oposición (según una declaración reciente por parte del presidente del Comité Ejecitivo Regional de Grodno, no hay “método alguno de recuento electoral”)— hubo protestas reprimidas, la nueva ola de movilizaciones se inició en 2017, cuando el régimen intentó imponer un nuevo impuesto por decreto a los desempleados, a los que se acusaba de “parasitismo”. No sólo en Minsk, sino también en ciudades de otras regiones, miles de manifestantes cantaban “¡No al decreto n.3. Fuera Lukashenko!”, forzando al régimen a substituir el impuesto por una reducción en las ayudas gubernamentales. Esto se reveló como el primer retroceso del régimen.

Cuando se inició la pandemia de la Covid 19, si bien Bielorusia tiene un sistema de salud pública superior al de muchos países desarrollados (5,2 médicos por cada 1000 habitantes, comparado con los 3,9 de la Eurozona y los 2,6 de Norteamérica), el sistema burocrático fue incapaz de adaptarse a la crisis. El régimen se refirió a la pandemia en términos de “neurosis”, fue incapaz de proveer equipo y suministros médicos para los trabajadores sanitarios y faltaban ambulancias, mientras que Lukashenko se refierió a la primera víctima mortal (un actor conocido) en los términos “pobre bastardo” que no podía “resistir”. Y el personal sanitario que se atrevía a hablar de la pandemia fue reprimido. Fue entonces cuando se inició la autoorganización de la población: la campaña porCovid19 fue capaz de suplir la incapacidad del Estado, proporcionando equipo y trabajadores voluntarios, creando una red de coordinación en cada región. El régimen osciló entonces entre la represión y la colaboración con dichos voluntarios, cuya iniciativa “puso de relieve la necesidad del cambio”, tal como señaló el coordinador de la campaña PorCovid19.

Temiendo que “vendrán a por mí con horquetas” (26 de abril de 2020), Lukashenko decidió advertir a sus principales oponentes liberales —Viktor Babaryko (director general de Belgazprombank), Valery Tsepkalo (antiguo embajador, primer ministro y administrador del Alto Parque Tecológico de Bielorusia) y Sergei Tikhanovsky (empresario, bloguero y administrador del conocido canal de YouTube Un país en el que vivir)— de que no se presentaran a las elecciones presidenciales. Como buen macho, creía que una mujer candidata sería “incapaz de cargar con esta responsabilidad y se hundiría” y obtuvo la validación de los centanes de miles de firmas, permitiendo a la mujer de Sergei, Svetlana Tikhanovskaya, que se presentara. Esta profesora, una mujer normal que decía no aspirar al poder, cuya imagen se correspondía con la de la mayoría de los votantes, apoyada por la esposa de Tsepkalo y directora de campaña de Babaryko, fue capaz de reunir decenas de miles de personas en sus mítines preelectorales en todo el país. Y su resultado oficial —10,9%— no podía ser admitido por nadie.

La represión extremadamente violenta de los primeros actos de protesta popular los días 9, 10 y 11 de agosto hicieron el resto: como dijo el sociólogo bieloruso Andrei Vardomatsky, “cuando alguien dispara a tu ventana, el conjunto del edificio lo ve”. Contra la injusticia y el terror, la extensión del movimiento de protesta fue inmediata: el régimen de Lukashenko ahora tan sólo es capaz de mantenerse gracias a las fuerzas represivas. ¿Cuánto puede uno reinar “sentándose sobre las bayonetas”?

5. Al responder con el terror, el régimen de Lukashenko intentó evitar concentraciones de manifestantes. De hecho, empujó a los manifestantes a concentrarse ante sus hogares, en los patios de sus edificios y en los pueblos de las afueras, multiplicando por consigueinte las protestas y promoviendo formas de autoorganización en torno a las relaciones vecinales —muy fuertes, puesto que el sistema burocrático de gestión de los edificios y los servicios sociales es deficiente y fuerza a los barrios a resolver por sí mismos problemas urgentes—. Con el papel de las redes sociales y los canales de internet —populares entre la gente joven y la principal fuente de información en un país en el que el régimen controla y censura los medios— el resultado ha sido la aparición de una gran red de protestas locales espontáneas que no tienen ningún centro y ninguna dirección clara, sino una “dirección fluida”: nada más ser represaliada una persona que aparezca como “líder”, otra ocupa su lugar con naturalidad a nivel local. Lo que caracteriza al movimiento es una gran creatividad, las gentes movilizadas inventan constantemente nuevas formas de control, de lucha pacífica, y todo ello circula, se expande y se enriquece a través de las redes sociales.

A partir del 10 de agosto los trabajadores se incorporaron a las movilizaciones en tanto que tales. Sanitarias (en su mayoría mujeres, doctoras y enfermeras) de los heridos tomaron las calles para protestar contra la tortura. Hubo paros en gran número de empresas (a veces con el apoyo de los propietarios en el sector privado) y, sobre todo, en al menos una docena de grandes empresas de propiedad estatal, conduciendo a concentraciones de trabajadores en las fábricas, a veces polémicas con los gerentes y con los representantes locales del régimen e incluso con Lukashenko (echado por los trabajadores de la Planta Automobilística de Minsk al grito de “fuera” el 17 de agosto), aparecieron comités de huelga, pero parece que en ningún lugar ha habido intentos de huelga con ocupación. Al contrario, los trabajadores salieron de las fábricas para manifestarse. Y con represión (a veces con despidos masivos en la Televisión estatal o el Teatro Nacional de Minsk, o amenazas de despido, detenciones seguidas de encarcelamientos de “líderes” reales o imaginarios), la debilidad o la ausencia de sindicatos reales, y a veces las “recomendaciones” de los directores de ir a la huelga de celo (esto es, trabajar  cumpliendo la normativa, de un modo invisible, atomizando a los trabajadores), el movimiento huelguístico retrocedió, los proletarios se disolvieron en un gran movimiento de protesta. Las fábricas no se han convertido en el centro de la revuelta y el proletariado (¿todavía?) no ha logrado afirmarse como clase en torno a sus propias reivindicaciones en el seno del movimiento democrático que lucha contra el régimen.

Frente a una represión brutal de los manifestantes, las mujeres en tanto que tales organizaron numerosas “cadenas solidarias”, ofreciendo flores a las fuerzas y desbordarlas con su masividad, muy pacíficamente, lo cual paralizó a este sector muy “macho” antes de que las autoridades ordenaran reprimir a las mujeres e incluso a sus hijos. En cualquier caso, las reivindicaciones de derechos para las mujeres (¿todavía?) no han aparecido en estas iniciativas.

6. Mientras los candidatos de la oposición a las presidenciales rechazados por el régimen (V. Babaryko, V. Tsepkalo y S. Tikhanovsky), así como Andrei Dmitriev (candidato por “Decir la verdad”, que oficialmente obtuvo el 1,21% de los votos) defendían programas económicos liberales, orientados en particular hacia la “libertad de empresa” del sector privado y la necesidad de “dejar de subvencionar a empresas deficitarias”, este tema prácticamente desapareció de la campaña presidencial de Svetlana Tikhanovskaya (sin ser rechazado por la candidata). Desde el 9 de agosto tampoco han aparecido en la revuelta contra el régimen. Los manifestantes tan sólo plantean las tres reivindicaciones democráticas.

Los partidos liberales de oposición, marginados desde 1994 y privados de cualquier representación significativa en las instituciones del régimen, son, de facto, muy débiles. Lo mismo sucede con los partidos que se dicen de izquierdas (a menudo con una mezcla de nostalgia por el viejo régimen del llamado “socialismo real”), reducidos a clubes de debate.

Finalmente, siendo obligatoria la afiliación sindical, el movimiento sindical oficial no tiene nada en común ni tan siquiera con el sindialismo altamente burocratizado, sino que actúa como una correa de transmisión para Lukashenko y posiblemente como un marco de ascenso social para sus cargos. Hay que subrayar la ruptura que supuso a este nivel la represión de las poderosas movilizaciones obreras y sindicales de principios de los años 90 en la misma época en la que puso fin a las terapias de shock neoliberales: las “protecciones sociales” de este capitalismo estatalista estaban orgánicamente ligadas a la atomización y a la supervisión burocrática de los trabajadores. Los sindicatos independientes —Como el Congreso Bieloruso de Sindicatos Democráticos (BKDP), afiliado a la Confederación Sindical Internacional— tolerado mientras que era a su vez reprimido, son muy débiles y no están muy presentes en las grandes empresas. La sociedad moldeada por Lukashenko es, por consiguiente, una sociedad atomizada. Esto es lo que ha cambiado en los últimos meses, especialmente desde el principio de la revuelta popular. Los llamamientos a la solidaridad con los trabajadores y el pueblo de Bielorusia desde las redes de la Confederación Europea de Sindicatos —especialmente desde la CGT (Francia), recientemente afialiada a la ETUC— marcan un posible punto de inflexión importante.

Independientemente de sus límites, estamos asistiendo a una intensa politización en el seno de este movimiento de masas, un aprendizaje de la autoorganización cívica que pone a la orden del día la aparición de una estructuración política totalmente nueva. Este movimiento por la democracia deberá construir, tarde o temprano, un proyecto de sociedad. Si logra “desembarazarse” de Lukashenko y su régimen burocrático se dividirá y quizás emerjan las condiciones para la cuestión de clase y de género y debates acerca de qué construir en su lugar. Entonces el papel de la clase trabajadora (cuyas huelgas incipientes forzaron a Lukaschenko, durante un tiempo, a limitar la represión, mostrando por consiguiente su poder), el papel de las mujeres (cuyas manifestaciones de los sábados sentaron las bases para la continuación de las manifestaciones de masas de los domingos) y las cuestiones ecológicas (Bielorusia ya ha conocido un grave inicio de cambio climático, conviertiéndose el sur del país en una zona esteparia cuando hace tan solo cincuenta años estaba cubierta de bosques pantanosos) estarán en el centro del debate.

7. De modo que las cuestiones democráticas, de salud, feministas, de clase y ambientales que alimentan la politización actual de la sociedad bielorusa permiten el surgimiento de un frente ecosocialista, la izquierda internacional (sindical, política, asociativa) debe ser capaz de desarrollar lazos de solidaridad concreta, desde abajo, con el movimiento democrático bieloruso en su conjunto.

La solidaridad no significa el alineamiento con tal o cual decisión de quienes hoy dicen simbolizar el movimiento: el consejo de coordinación en torno a Svetlana Tikhanovskaya (que la represión ha debilitado severamente) o los antiguos partidos políticos que se han incorporado al movimiento mientras callan acerca de su verdadero programa y objetivos —privatizaciones pro o antirusas, antisociales y antidemocráticas—. Este asunto está emergiendo cada vez más a la luz, en un momento en el que la situación económica se está deteriorando: será necesario oponerse tanto a la retórica pseudoproductiva de Lukashenko como a la retórica pseudodemocrática de sus oponentes.

La solidaridad significa una defensa democrática contra la represión, defensa de un derecho pluralista a la libertad de expresión y el apoyo a las manifestaciones y las huelgas que están teniendo lugar. Solidaridad también implica independencia de las maniobras de los gobiernos de otros países y del capital financiero internacional, que intentará sacar tajada de las movilizaciones de masas en Bielorusia.

¡Solidaridad internacional de los trabajadores con el movimiento democrático de Bielorusia!

¡Abajo Lukashenko y su régimen!

¡Elecciones libres en Bielorusia!

¡Libre autoorganización del debate sobre el futuro de Bielorusia!

¡Hacia una Bielorusia ecosocialista: ¡lazos internacionales entre sindicatos, movimientos de mujeres, la juventud y los trabajadores!

26 de septiembre de 2020

La guardia civil detiene a dos ex-presos.

(Declaración de Antikapitalistak)                                                                                
Imanol Jairo, Ekhiñe Eizagirre eta Kepa Arkauz preso ohien atxiloketak ezin dira ulertu Euskal Herrian bizi izan dugun gatazka politikoaren biktima bakar bati ere justizia eta erreparazioa emateko ekimen bezala. Aitzitik, epailetzaren eta estatuko segurtasun-indarren etengabeko erasoaldian kokatu behar dira, bizikidetza dinamitatzeko eta ETA desegin ondoren garaile eta garaituen kontakizun bakarra ezartzeko.

Antikapitalistak-etik aurrez aurre arbuiatzen dugu Estatuaren etengabeko mendeku politika, eta berriz ere aldarrikatzen dugu errekonziliazioa eta gatazka politikoa konpontzeko bide bakarra elkar aitortzea eta eragindako sufrimendu guztia onartzea dela.


La detención de los expresos Imanol Jairo, Ekhiñe Eizagirre y Kepa Arkauz no puede entenderse de ninguna manera como un ejercicio de justicia y reparación hacia ninguna víctima del conflicto político que vivimos en Euskal Herria, sino que debe encuadrarse en la ofensiva permanente de la judicatura y las fuerzas de seguridad del estado para dinamitar la convivencia y establecer un relato único de vencedores y vencidos tras la disolución de ETA.
Desde antikapitalistak rechazamos frontalmente la política de venganza permanente del Estado y reiteramos nuestra apuesta por el reconocimiento mutuo y el fin definitivo de todo el sufrimiento causado como único camino hacia una verdadera reconciliación y resolución del conflicto político.

 

Informe político de la C. Confederal de Anticapitalistas

Irailaren 26an, larunbata, Anticapitalistas-en Koordinadora Konfederalak onartutako txosten politikoaren laburpena argitaratu dugu. Txosten honetan, nazioarteko eta estatuko egoeraren azterketa azaltzen da, bai eta ziklo berri honetan erakundeak landuko dituen ildo politikoak ere:


Vivimos unos meses marcados por la crisis del COVID. La pandemia ha condicionado todo el ambiente político y ha servido como factor detonante de una crisis social y económica profunda, cuyas consecuencias aún están por entreverse. En ese sentido, entramos en una fase incierta, pero marcada por un empeoramiento de las condiciones de vida de la mayoría social y que golpeará con dureza a la clase trabajadora. La resolución de la crisis sanitaria puede durar meses y tener de nuevo picos bruscos, agudizados por la debilidad del sistema sanitario público, incapaz de dar una respuesta eficaz ante un reto imprevisto.

La crisis económica mundial no tiene precedente en sus causas y manifestación, pues en esta ocasión se ha debido a una paralización brusca y global de la cadena de valor internacional en un contexto previo en el que, a su vez, se estaba produciendo ya una profunda reorganización de la correlación de fuerzas económica y política a nivel global. En el Estado Español se ha visto agudizada por el tipo de modelo productivo -con gran peso del turismo y la construcción- y actividades subalternas y de bajo valor añadido asignadas por su inserción en la división internacional del trabajo. La crisis se está expresando ya, a través del aumento del desempleo, el cierre de empresas y pequeños negocios, y la concentración bancaria.

A nivel internacional, observamos como las tendencias que preveíamos se continúan desarrollando. En EEUU ha estallado una gran revuelta popular liderada por el movimiento negro, al que se han sumado de forma transversal otras minorías y sectores sociales opuestas a la deriva política impulsada por Trump. Este movimiento ha conseguido aglutinar toda una serie de descontentos, contra el racismo y contra la profunda desigualdad que atraviesa el primer país capitalista del planeta. La derrota de Bernie Sanders ha provocado que la dinámica de la oposición contra Trump se desplace a la lucha social. Estamos ante un movimiento de largo recorrido, que tiene expresiones a nivel político (como el auge de un nuevo movimiento socialista, materializado fundamentalmente en DSA), pero que también se traduce en una renovación del movimiento negro y que se articula con centenares de iniciativas de carácter social que han germinado durante años por abajo. Es posible que la victoria de Joe Biden, si es que finalmente se produce, y la falta de una perspectiva de “poder” ralenticen el movimiento antagonista a corto plazo en EEUU, pero estamos ante algo mucho más profundo: es el inicio y a la vez un paso más en la reconstrucción de una fuerza social impugnadora en el corazón de un país atravesado por una crisis y decadencia de larga duración. Sin duda, es una tarea fundamental estar atentos a lo que sucede en EEUU y considerarlo como una avanzadilla clave en el largo proceso de recomposición del movimiento antagonista. Lo que allí suceda tendrá réplicas en otros países y estará también ligada a la posibilidad del desarrollo de China como nuevo hegemón del capitalismo global.

En ese sentido, la situación global sigue siendo profundamente conflictiva. Todos los gobiernos del mundo se ven enfrentados a esta gran crisis. En algunos países como Líbano o Bielorrusia ya han estallado movimientos que, a pesar de sus características particulares y de sus diferentes composiciones políticas, tienen como objetivo enfrentarse a sus clases políticas gobernantes. En Chile la gran explosión social anti-neoliberal ha dejado un poso político que está por ver como se traduce en los próximos meses. Aunque en la UE la situación política parece ralentizada y congelada por la crisis del COVID y el shock de la incertidumbre económica, estas revueltas avanzan formas de descontento que podrían repetirse en otras partes del globo, tal como ya se podido comprobar en Colombia, cuyas características son: crisis orgánicas y de confianza de las clases populares en sus gobernantes, ambivalentes en su dirección política y con una composición heterogénea.

Tampoco debemos infravalorar el auge y ascenso de opciones políticas reaccionarias. La extrema derecha ha consolidado avances en países clave, como Brasil, Italia, EEUU y Francia (en unos ostentando el poder, en otros encabezando la oposición), surfeando la radicalización de unas clases medias adictas al nacionalismo de Estado, al que ven como salida ante la incierta competencia global. En países como Bolivia han sido capaces de orquestar golpes de estado, sin que la izquierda haya sido capaz de armar una respuesta ante su ofensiva. Todo ello en un contexto mundial que ha virado a derecha, conoce diversas expresiones -pese a su actual crisis- de las políticas neoliberales y donde la mayor parte de la población vive bajo gobiernos muy autoritarios (Filipinas, India o Rusia) cuando no directamente dictatoriales de diverso signo (China o las monarquías petroleras absolutistas). Nos encontramos ante un escenario de profunda crisis económica y ecológica que marcará la próxima década. La extrema derecha parece ser la respuesta de las clases medias radicalizadas; la clase dominante sistémica (progresista o conservadora) se encuentra atrapada en una profunda crisis de legitimidad, dependiente del ciclo económico, pero sin adversarios de envergadura enfrente debida a la profunda debilidad de las fuerzas socialistas.

En ese sentido, como apuesta estratégica y tarea de fondo en el terreno de esta recomposición, apostamos por una política que priorice la independencia política de las fuerzas sociales antagonistas. En este contexto, esa diferencia estratégica atraviesa todo el globo: nos negamos a aceptar la dicotomía entre las fuerzas sistémicas oficiales y la extrema derecha, porque eso borra la posibilidad de una alternativa sistémica. Obviamente, somos conscientes de que en algunas circunstancias concretas son necesarios acuerdos entre fuerzas sociales diferentes: pero a nivel general, la construcción de un movimiento anti-sistémico no debe subordinarse a la lógica del mal menor frentepopulista con el liberalismo. Este es quizás el debate central de nuestra época: dentro del movimiento anti-sistémico hay diferentes estrategias y opciones políticas, pero la constitución de una fuerza social opuesta al poder económico sigue siendo la línea de demarcación fundamental.

En el Estado Español, los primeros meses del gobierno progresista confirman las tendencias que analizamos en su momento, aunque por desgracia, esta confirmación no augura automáticamente posibilidades de contrapesarla. El gobierno ha renunciado a los puntos más avan- zados de su programa, como la derogación de la reforma laboral o el fortalecimiento de los servicios públicos. El PSOE ha iniciado un giro a la derecha al que UP es incapaz de responder. La actitud gubernamental ante la fuga del Rey Juan Carlos, el fracaso estrepitoso del escudo social (desahucios, IMV, despidos), inexistencia de reforma fiscal o la fusión de Bankia son elementos que impiden, más allá de la propaganda oficial, caracterizar a este gobierno como “progresista”, en un sentido de que impulsa reformas y relaciones de fuerza favorables a la clase trabajadora. La pandemia también ha acelerado el proceso de caos en el funcionamiento de la administración estatal y ha puesto encima de la mesa la profunda debilidad de los mecanismos redistributivos del raquítico estado del bienestar español. Solo la existencia de una extrema derecha radicalizada (muy activa, con capacidad de marcar la agenda política del PP, con una fuerte imbricación en diversos sectores de la sociedad y un buen manejo del potencial de las redes sociales, aunque ahora mismo minorizada) sostiene a este gobierno como mal menor.

La desmovilización, pasividad y cierto desencanto de la base social progresista no se traducen en una radicalización hacia la izquierda, sino, más bien, en un paulatino y apenas perceptible retiro de la escena pública de buena parte de la base social de la izquierda. Dicho esto, el gobierno aún tiene margen para aguantar. No existe una alternativa ni política ni aritmética a este gobierno ahora mismo. Está por ver si el PP concreta su famoso “giro al centro”, que le permita situarse como una alternativa creíble al PSOE. Pero ha quedado claro que la estrategia gobernista de UP es un rotundo fracaso: no controla mejor al PSOE y su combinación de propaganda de mala calidad y rabietas públicas les hace perder credibilidad de forma constante. La experiencia de los meses del gobierno de coalición indica que el PSOE determina la orientación en lo fundamental -tanto en el plano político como económico- sin que UP tenga capacidad alguna de modificarla. Aunque UP ha perdido la mitad de su electorado durante los últimos años, ahora entra en proceso de perdida de “adhesiones”: veremos qué repercusiones tiene a nivel político y electoral. Pero la consecuencia más obvia es la recuperación total del social-liberalismo como hegemón en la izquierda.

En ese sentido, la crisis de la izquierda afecta también a los movimientos sociales y sindicales. CCOO y UGT, rehenes de su fallida estrategia de concertación social a toda costa, se encuentran completamente entregados a la dinámica gubernamental, paralizados y sin voluntad ni capacidad de movilizar. Los sindicatos radicales, pese a su actitud combativa, carecen de una estrategia de movilización y convergencia con otros sectores sociales, así como de implantación y arraigo suficientes para contrarrestar la hegemonía de los mayoritarios. Los movimientos que han sido la vanguardia en el ciclo anterior (feminista, ecologista, vivienda) se hayan desarticulados organizativamente y bloqueados políticamente, incapaces de ser alternativa sistémica, pero tampoco de presionar en temas concretos a los poderes públicos.

Es obvio que la pandemia ha acelerado procesos que ya venían de antes y que se relacionan con una cuestión poco tenida en cuenta: las derrotas políticas afectan también a los movimientos sociales, sobre todo cuando generacionalmente tienen la misma composición de clase. Desde luego, sigue siendo central para nosotras participar y seguir presentes en ellos, con una perspectiva resistencialista (movilizar lo que queda) y a la vez de apertura (ser conscientes de la necesidad de un nuevo impulso). Pero también debemos iniciar un proceso de reflexión autocrítica: existe una tendencia en ver a los movimientos como algo alternativo a lo político y, en realidad, la configuración está tan profundamente imbricada que es difícil pensarlos, más allá de lo conceptual, como esferas separadas. Sin proyecto político, no hay movimiento, y viceversa.

La única excepción a esta crisis de la izquierda se da en las naciones sin estado. Hablamos de izquierdas socialdemócratas (con excepción de la CUP), pero con una fuerte base social y capacidad electoral. Nuestra apuesta por Adelante Andalucía trata de empalmar con este proceso y dotarlo de un contenido anticapitalista: proceso que se puede acelerar en todo el Estado ante el evidente caos de las administraciones. La crisis nacional-territorial será uno de los ejes centrales durante los próximos años y una gran oportunidad por construir opciones políticas centradas en el auto-gobierno, entendido como la emancipación directa de la gente trabajadora que vive en un territorio concreto. Auto-determinación, en definitiva, como el gobierno de las fuerzas sociales subalternas sobre un territorio, con un horizonte que huya de los repliegues identitarios propios de los nacionalismos de Estado. Se trata de fortalecer y adaptar nuestro proyecto confederal-republicano a las realidades existentes.

En definitiva, nos enfrentamos a un año particularmente duro, en donde la crisis del COVID se entrecruzará con la materialización de una profunda crisis social y económica (y política, como hemos podido ver con el escándalo de la monarquía) que se traducirá en el aumento del paro y la pobreza. El gobierno del PSOE-UP seguirá su senda social-liberal con una UP cada vez más achicada e insignificante, pero con poco margen para romper con el gobierno en buenas condiciones. La debilidad y crisis de la izquierda social seguirá magnificando a Vox mientras el PP trata de recolocarse como partido de gobierno. No descartamos a medio plazo explosiones sociales o de corte anti-político. Estas ya no serán hegemonizadas por la ex-nueva izquierda. En el caso de las primeras, pueden dar lugar a fenómenos progresivos como los chalecos amarillos. En el caso de las segundas, al auge de populismos de extrema derecha que trasciendan el tradicionalismo de Vox. El anticapitalismo debe reorientarse en este escenario y actualizar sus consignas desde la lucha de clases, el feminismo, el ecologismo y la radicalidad democrática, viendo si, por ejemplo, ponemos encima el horizonte (a construir y no a proclamar) de una huelga general en casos como la Comunidad de Madrid. Es decir, se trata de proponer formas de lucha que combatan la debilidad e impotencia estructural del poder político. Hemos entrado en una fase en la que, ante el fracaso evidente de la izquierda institucional, es necesario impulsar formas de lucha que saquen la política de los límites de lo parlamentario, pero también empezar a (re)construir una perspectiva política que recupere el eje “abajo vs arriba” (aunque adopte nuevos lenguajes) frente a una clase política totalmente dependiente o sumisa ante los poderes económicos.

ANTIKAPITALISTAK-EN BALORAZIOA U-12 HAUTESKUNDEEN AURREAN

Muturreko zentrua edo abstentzioa pultsorik gabeko kanpaina eta emoziorik gabeko hauteskundeen laburpen bezala.

Abstentzioa %47-an kokatu da. Hau da, herritarron erdiak bozka eskubideari uko egin diote, partaidetza baxuena EAE-ko hauteskundeen historian eta azken hamarkadako joera baieztatuz. Gertakari honen arrazoiak alde batetik azken hilebeteotan bizi izan dugun osasun krisi larriari dagokio, COVID19 positiboen igoerarekin hauteskunde egunaren atarian, jende asko etxean geratuz kutsadura arriskuaren ondorioz. Beste aldetik egutegiak ere izan du zer esanik, udara izanda herritar ugari oporretan bait zegoen. Baina batez ere ezin dugu arrazoi politikoa alde batera utzi: ezkerraren gaitzustea eta gaitasun eza PSE-EE sozioliberalen babesarekin EAJ-ren hegemoniak eratzen duen “muturreko zentrua”-ri proiektu alternatibo sinegarria kontrajartzeko. Klase popularren aldetik ezkerretiko alternatiba erreal bezala ikusi daitekeen proiekturik ezean, asko etxean gelditu dira.

Galtzaile handia Elkarrekin Podemos izan da, faktore anitzetan oinarritzen den erabateko porrotarekin. Naiz estatuan edo erkidegoan, errejimenarekiko haustura alternatiba izateari uko egin dio eta guztiz PSOE-ren menpean ezarri da, egoera honen adierazle nagusia estatuko koalizio gobernua izanik. Edonolako proposamen eta programa rupturistak alboratu ditu eta alderdiaren lurraldekotasuna eta inplantazioa oso ahulak dira Euskadi, beste lurraldeetan baino are ahulagoak. Akats estrategiko larriak burutu zituen EAJ-PSE tandem-aren aurrekontu neoliberalak onartzean edota errejimenaren alderdiekin eta patronalarekin bat egitean greba orokorraren auzian. Langileria eta mugimendu sozialekin zituen erro finak guztiz deuseztatu ditu. Euskadirako proiektu, erreferente, diskurtsu edo proposamen bereizturik gabe eta klase popularrei arrotz egiten zaien hautagaitza aurkeztuta, bozken erdia baino gehiagok utzi egin ditu. Egun, ez du inongo ilusiorik sortzen.

EHBilduk igoera lortu du abstentzio izugarriko testuinguru baten. Bozketan haztea lortu duen alderdi bakarra eta eserlekuetan hazkunde handiena izan duena. Elkarrekin-en erorketaren zati bat bereganatu du eta aldi berean tradizionalki inguruan dituen sektoreak mobilizatzea lortu, M15 zikloaren baitan desilusioan edo beste aukera batzuetan zeudenak.

Arduraz ikusten dugu igoera honek eragin duen triunfalismoa, kontuan izanez ezker abertzalearen emaitza hoberenetatik urrun gelditu dela. 25.000 bozken igoerak, zati baten Elkarrekin-en galeratik ateratakoa (hala ere esan beharra dago seguruenik azken hauen 50.000 boto baino gehiago abstentziora joan direla), bere posizio instituzionalak areagotzen ditu baina motz gelditzen da EAJ eta PSE-k eratzen duten muturreko zentruaren indartzearen aurrean.

Aipatutako klase popularren zati handi baten desafekzioak, ezkerreko herriarena, errealitate bat da eta EHBilduko zuzendaritza ere arduratu beharko luke honek. Kanpainan azaleratu duten nahaste estrategikoa kezkagarria da, ezkerreko tripartitoa aipatzen zuten bitartean “abertzaleen arteko akordioa” ere eskatuz. Posible ikusten du EHBilduko zuzendaritzak nazio akordio bat burutzea kapital eta euskal burgesiaren ordezkariekin? Emaitzen irakurketan aipatu dute 45 urtetik berakoetan indar bozkatuena izan direla eta koalizioak defendatzen dituen balioak gero eta gehiago herrialdearen balioak direla (hainbat alditan errepikatu duten esaldia azken egunotan). Hitz hauek orain dela ez asko Podemos-ko zuzendariek egiten zituzten adierazpenak gehiegi gogorarazten dizkigute, gaur egun ezerezean gelditu direnak. Historiak behin eta berriz irakatsi digu ez dela lineala, ezta indarren hazkunde mekaniko eta graduala. Azken finean, euskaldunon errealitatea muturreko zentrua beste 4 urtez pairatu beharra da, eta hauek datorren krisian jazarri nahiko diguten kudeaketa neoliberala.

Hauteskundeetako irabazle nagusia errejimenaren euskal bipartidoa da, muturreko zentrua, 55.000 bozka galdu dituen arren. Gehiengo absolutu erosoa. M15 ziklotik susperturik atera dira, botere esparruak berreskuratuz eta indartuz EAJ eta baita PSE, maila txikiagoan. Ateak zabalik izango dituzte euskal langileriaren aurkako politika neoliberalak.

PP+C’s eta Vox-en eskuin muturrak emaitza txarrak izan ditu. 50.000 boto baino gehiagoko galera izan dute eskuin espainolistek, partaidetza baxuak Araban Vox-en ordezkari bat eragin duen arren. Zarata egingo du, baina epe motzean ez du entzule ugaririk izango Euskadin. Hori bai, askoz erabilgarriagoa izango zaio eserlekua Ebro azpian. Hala ere, Alderdi Popularrari ez dio ongi irten eginiko biraketa ultra, 50.000 bozka eta 4 eserleku utzi bait ditu bidean.

Errejimen honekin hautsi nahi duen ezkerraren eginbeharrak indarrean jarraitzen dute eta inoiz baino premiazkoagoak dira. Euskal burgesiaren klase alternatiba errealaren eraikuntza. Euskal Herriko herri eta auzoetatik, baina estatuko beste herri eta langileriekin aliantzak ehundu eta borroka eta mobilizazioak koordinatzea gai dena. Modu erradikal batean alternatiba demokratikoa, feminista, ekosozialista, soberanista eta internazionalista. Edo alternatiba hori artikulatzeko gai gara; mugimenduei eta borroka prozesu errealei lotua, bidezidor insituzional estuak zabaldu eta gaindituz, bidea jende eta tradizio anitzekoekin eginez… edo muturreko zentrua akatzeko aukerak urriak izango dira. Hau da Antikapitalistak erakundeak bultzatzen duen proposamena.