(Marco Álvarez Vergara[1])

“Hay hombres [y mujeres] que luchan un día y son buenos.

Hay otros que luchan un año y son mejores.

Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.

Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Bertolt Brecht

Carmen, 75 años

La cultura de izquierdas, tan litúrgica como la cristiana, tiende a conmemorar a sus referentes en los aniversarios de su fallecimiento. Esto se exacerba ante la violenta Latinoamérica del siglo XX, donde millares de militantes, en nombre del socialismo y la emancipación, perdieron sus vidas en “el largo y difícil camino de la revolución obrera y campesina”[2]. Sin embargo, al concentrarnos sólo en el último destello de rebeldía de estos dignos hombres y mujeres cargados de heroicidad, nos lleva a navegar por las tinieblas del culto a la muerte, que lamentablemente trae consigo nublar la riqueza de su praxis revolucionaria y, con ello, termina limitando el dialogo histórico y su recreación política en virtud de la construcción de un proyecto de transformación social.  

Carmen Castillo Echeverría, creemos, es una de las sobreviviente más destacadas de la pléyade revolucionaria latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX y, en este mayo del 2020, el día 21 –para ser exacto– cumple 75 años, de los cuales más de medio siglo se ha dedicado a luchar por las ideas de la transformación social desde las más diversas trincheras. Su perseverancia en las filas de los humildes de la tierra la vuelve una imprescindible digna de conocer en su integridad por las nuevas generaciones que hoy se alzan en Chile y el mundo contra el capital y sus injusticias. Esta breve semblanza más que un homenaje –que tienden a reducirse al mero reconocimiento del pasado– pretende ser una apuesta dialógica para pensar con ella los necesarios desafíos utópicos que depara un futuro que es hoy.  

Este trabajo biográfico sobre Carmen, con vocación de diálogo intergeneracional, se construyó en base a su filmografía, bibliografía, entrevistas y literatura que colinda con su propia trayectoria. Como se darán cuenta, también es una invitación permanente a visitar sus películas y textos de corte autobiográficos, esto es, ir al encuentro directo con la escritora y cineasta, pero sobre todo con esa mujer militante, que hemos llamado “una revolucionaria de todos los tiempos”.  

La Quinta Michita

Eran las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, y aún se encontraba fresca la pólvora del “Día de la Victoria”[3]. Paradojalmente, Carmen nació un día de festividades militares, un 21 de mayo, donde las y los chilenos conmemoran un combate naval. En aquella época en Chile gobernaban los radicales, en una extraña alianza con socialistas y comunistas, hasta que estos últimos fueron perseguidos y relegados por sus antiguos aliados a través de la dictación de la “Ley Maldita”[4].

Desde la sangre materna, Carmen es descendiente de la historia de la elite intelectual nacional. Su bisabuelo, Eliodoro Yáñez, candidato a la presidencia de Chile en 1920, fue un destacado político y periodista, dueño y fundador del diario La Nación. A causa del golpe de Estado de 1927, perpetrado por el coronel Carlos Ibáñez del Campo, se le despojó del cargo de senador, expropiaron su periódico y fue desterrado del país, exiliándose con su esposa, hijos y nietos en París. Su abuela, María Flora Yáñez Bianchi, escritora, fue una de las precursoras de la literatura feminista. Su madre, Mónica Echeverría Yáñez (desde ahora doña Mónica) resumirá con su excepcional pluma que:

“La familia Yáñez, la impuesta por mi madre, fue siempre más cercana a nosotros. Los Echeverría, representaban el Chile aristocrático, católico y tradicional por muy excéntricos que fueran. Los Yáñez, liberales, y algunos socialistas o anarquistas, pertenecían al mundo de los intelectuales y artistas, varios de ellos sin Dios ni normas que los restringieran en sus arranques amorosos y en sus vuelos imaginativos”.[5] 

Desde la ascendencia paterna, los Castillo son una familia más bien vinculada a la política. Su bisabuelo, Lindor Castillo Ramírez, fue un agricultor, abogado y diputado. Su abuelo, Eduardo Castillo Urizar, abogado, pero con inclinaciones poéticas, fue el Conservador de Bienes Raíces de Santiago. Su tío Eduardo Castillo Velasco, cuando Carmen nació, era el alcalde de la comuna Ñuñoa (que en aquella época incorporaba a la comuna de La Reina). Otro de sus tíos –el favorito, y quien la acercó a la política–, Jaime Castillo Velasco, fue el fundador e ideólogo de la Democracia Cristiana, ministro y parlamentario, y posteriormente luchador incansable por los Derechos Humanos. Podríamos decir que su padre, el arquitecto Fernando Castillo Velasco (desde ahora don Fernando), fue el menos político del clan Castillo, no obstante, en 1964 fue elegido el primer alcalde de la comuna de La Reina.  

Doña Mónica y don Fernando se casaron en el otoño de 1944. Don Fernando nunca quiso dejar la tierra que lo vio nacer y al poco andar del matrimonio se mudaron a la casa de los Castillo. Su padre Eduardo edificó con sus propias manos esta casona colonial a principios del siglo XX en los faldeos de la Cordillera de los Andes, parcela ubicada en la calle Simón Bolívar, la que llamaron Quinta Michita.

En su a dorada Quinta Michita, don Fernando, el arquitecto incansable, en medio de una selva de árboles frutales construyó una casa de vidrio. En aquella fértil y húmeda tierra creció Carmen, jugando a la sombra de un viejo nogal, corriendo entre los senderos de cerezos, balanceándose en la hamaca del viejo sauce llorón y respirando el olor a flores de jazmines que nunca podrá olvidar. Un día, en una de sus películas, su padre le dijo: “Lo más hermoso del ser humano es parecerse a un árbol, que eche raíces, que conozca la tierra, que conozca un lugar, que conozca los seres vivos”[6].

Los recuerdos de infancia de Carmen oscilan entre la forma y la palabra, entre la creatividad arquitectónica de su padre y la belleza literaria de su madre. Don Fernando, extiende sus planos y maquetas en la mesa. Doña Mónica y sus compañeras del Teatro Ictus se toman la casa para ensayar. Los libros invaden las paredes transparente del hogar y, como si estuvieran en una revuelta social, no respetan las formalidades del orden temático. Anna Karénina de Tolstói probablemente fue una de sus primeras lecturas. La mesa del hogar la remonta a su abuela y al revolver de la olla de adobe con manjar blanco, pero también, a la invasión permanente de amigos y parientes, políticos rupturistas y artistas bohemios, que con vehemencia disparan proclamas, ideas y sueños. 

Para don Fernando la Quinta Michita siempre se proyectó como un ideal de “comunidad”, que para él significaba una vida colectiva como resistencia básica al salvaje modelo imperante. Consecuente, se propuso convertir el terreno de la Michita en un espacio comunitario, donde amigos cercanos pudieran construir sus hogares en solidaria comunión con el entorno. Será en los años dictatoriales cuando este sueño se concrete. Los intelectuales de la resistencia chilena, desde Tomás Moulián a Julieta Kirkwood, coparon el espacio, que terminó siendo “el refugio de sus sueños mutilados”[7]. Carmen no conoció esta historia, pues ya se encontraba muy lejos, en otra de sus vidas, impedida de volver al cobijo de sus raíces.

Carmen en la Quinta Michita y a través de su entorno afectivo creció en armonía con la naturaleza y bajo una riquísima multiplicidad de campos sociales: político, académico y artístico; en tiempos donde las fronteras disciplinarias no eran más que frágiles barreras imaginarias. Forjó un habitus intelectual del cual no se desprenderá en su andar, que potenció en ella un quehacer ecléctico que ha zigzagueado en su trayectoria entre la vocación por las investigaciones históricas, su necesidad de escritora, la sensibilidad cinematográfica, el accionar político y, todo esto, siempre envuelto en los pliegues del crisol de la militancia. Su ser “militante”, apostamos, está íntimamente vinculada a la idea de “comunidad” que heredó de su padre.   

La ternura del Che Guevara

Quizás por el exilio francés de su bisabuelo Eliodoro, extendido a la abuela Flora como a doña Mónica o, tal vez, por la mera siutiquería de la aristocracia criolla que veía en la “Ciudad de la Luz” la aspiración máxima de asimilación, es que Carmen creció irradiada por la “alta” cultura francófona. Concordante con ello, ingresó en la educación secundaria a la Alianza Francesa y luego al colegio de las “monjas francesas”, establecimientos educacionales en los que hasta el día de hoy se reproduce la élite chilena.  

Será en el colegio donde conoce a sus grandes amigas de la vida y, reconocerá que junto a ellas, rasgará en algo con aquella timidez que tanto la caracterizó en la niñez. Pero será a los 14 años,  en los trabajos voluntarios de verano en comunidades campesinas pobres, en el encuentro con los que sufren y en la hermosa dialéctica de la alfabetización, que se sentirá llamada por la causa de los “condenados de la tierra”, como dijo Fanon. Carmen dirá: “allí había una energía de vida para mí que me nutría”[8]. ¿Qué nutre el despertar político y social de Carmen? El Che Guevara decía que la cualidad más linda del revolucionario es sentir indignación frente a las injusticias.  

Cuando Violeta Parra volvió a Chile, a mediados de la década del 60, don Fernando –que ya era alcalde de la comuna de La Reina– le cedió un terreno para que pudiera montar una gran carpa que pretendía convertirse en el epicentro de la cultura popular chilena. Violeta allí cantaba en nombre de los harapientos y sentenciaba que “Chile limita en el centro de la injusticia”[9]. En su juventud, Carmen tropieza con un país de miserias y desigualdades, en contraste profundo con sus propios privilegios de clase. Ella siente que su lugar es otro, y de seguro que es por ello que desecha continuar sus estudios universitarios en la conservadora Universidad Católica, donde su padre pronto se convierte en el rector más emblemático de su historia. Bifurca y su opción es por la educación laica y pública, ingresando a estudiar en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. “Historia” fue su elección, mientras que sus expectativas futuras estaban en el mundo académico. 

Su vocación por la historia se envolvía por aquellos días con la idea de que los pueblos sometidos del mundo estaban reescribiendo su propia historia. En los pastosos campos del Pedagógico solo se hablaba de las luchas de liberación nacional y, sobre todo, de las verde olivas hazañas de los guerrilleros cubanos. Es allí donde se enamora de un rebelde joven estudiante de sociología, Andrés Pascal Allende, con quien se casa y tendrán a su primera hija, Camila; cuyo nombre sospechamos que fue tomado del mítico comandante de la Revolución cubana, Camilo Cienfuegos. Doña Mónica recordará del matrimonio de su hija: “creo que esa fue la última fiesta que conviven amistosamente –como era costumbre en la era de la república– moros y cristianos”[10].   

Pero no será con Andrés Pascal Allende que Carmen se involucrará en la militancia política, sino que a través de la prima de este, Tati Allende, la hija revolucionaria y predilecta de Salvador Allende. “Mis primeros pasos en el compromiso concreto los visualizo guiada por ella”, dirá, “tomada de su mano voy descubriendo, a mediados de los 60, la esplendorosa cartografía de las luchas revolucionarias de nuestra América”[11]. Tati lideró la sección chilena de Ejército de Liberación Nacional (ELN), dirigido por el comandante Ernesto Guevara en las montañas bolivianas. Carmen la siguió en la senda guevarista.    

Solo eran cuatros las militantes de la sección chilena del ELN. Eran tiempos de abrigada fraternidad conspirativa. Una de las misiones de Carmen fue viajar clandestinamente a La Paz, Bolivia, donde tuvo que hacer un punto de contacto con el mando central de la guerrilla del Che que, por aquellos días, era liderada por Inti Peredo. Esa fue la primera vez que evadió la muerte, pues los esbirros bolivianos la asecharon sin suerte.

Carmen escribirá que “ser guevarista nos permitió sentir como propio todo sufrimiento, toda embestida a la dignidad humana, en cualquier lugar del mundo y en particular en América Latina”[12]. Al calor de una nueva ética militante se forjaba a la “mujer nueva”. Cuando llegó la noticia de la muerte del Che: Carmen y Tati se abrazaron, y sus lágrimas se juntaron, pero también juraron que la lucha debía continuar bajo el lema del “vencer o morir” por la revolución socialista. En esa proclama del comandante de sonrisa conmovedora, “hay que endurecerse sin perder la ternura”, creemos que bordó su uniforme de militante revolucionaria, pues si hay algo fácil de reconocer en ella es esa amalgama y falso oxímoron de tierna rebeldía.

Los mil días de Allende

Como si fuera una historia de realismo mágico, el año nuevo de 1970, en plena persecución represiva contra el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) por su política de asaltos a bancos, Tati Allende invitó a sus amigos dirigentes miristas y sus familias a un lugar seguro para que pudieran compartir en paz las festividades de fin de año. Carmen ya había comenzado su militancia en el MIR. La casa pertenecía a la “Payita”, Miria Contreras, la más leal compañera que tuviera Salvador Allende. Carmen evocará que “Allende, la Payita y la Tati vinieron a visitarnos hacia las doce de la noche, humor, amistad, la tribu en todo su esplendor, en el que la generosidad de la Payita nos liga para siempre ´hasta que la muerte nos separe’ e incluso más allá”[13]. En esa época, también se terminará su matrimonio con Andrés Pascal.   

“Mientras me arrastraba el viento de la revuelta”, dirá Carmen “en esos días me enamoraba, irremediablemente enamorada, del hombre de mi vida, Miguel Enríquez”[14]. Fue en el interregno que osciló entre el triunfo y la embestidura de Salvador Allende como presidente de Chile. Miguel llegó una tarde a su casa en la Quinta Michita, con su emblemática camisa azul entreabierta y un cúmulo de tareas militante. De fondo sonaban boleros en el tocadiscos, y fue justo en la canción “te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiero te detengo”, que se detuvieron todos los tiempos. Miguel nunca más se fue de su lado.

¡Qué lindo bolero! Muchos años después, Carmen rodará una de sus películas menos conocidas y más hermosa de su repertorio cinematográfico: El bolero, una educación amorosa[15]. La música está presente en todos sus films, pero más aún en su itinerario afectivo. Al igual que la militancia política, esta tonada tan latinoamericana le despierta “amor y pasión” y, en el hervor de la nostalgia, le ha permitido el retorno de todas sus vidas pasadas. Es un encuentro íntimo con su intensa historia que ha bifurcado y vuelto a empezar tantas veces.    

A pesar de los intentos fascistas por boicotear el triunfo del pueblo, el 3 de noviembre de 1970 Salvador Allende asumió la presidencia de Chile. Tati Allende, convocó a su amiga Carmen para que trabajara junto a ella y al “Compañero Presidente” en La Moneda. Sus tareas serían de carácter diplomáticas, pero no en el sentido formal del ejercicio, sino en su significación internacionalista proletaria. Particularmente, se hizo cargo de recibir a los exiliados latinoamericanos que venían arrancado de los tentáculos de la muerte que se imponían a través de las dictaduras militares auspiciadas por el imperialismo norteamericano. Al primer revolucionario que le tocó recibir fue al francés Régis Debray, quien salió en libertad después de un cautiverio de más de tres años en las cárceles bolivianas, tras haber sido capturado en la guerrilla del Che. Con Debray, aunque políticamente han tomado caminos dispares, mantienen un afectuoso vínculo que perdura hasta el día de hoy.    

Su trabajo en La Moneda duró hasta que la pillaron reproduciendo en la fotocopiadora del Ministerio de Relaciones Exteriores el “Manual de Guerrilla Urbana” de los Tupamaros uruguayos. Es que tenía un pie en las tareas del gobierno popular y el otro en su militancia en el MIR. Como Tati Allende, en Carmen es un desafío calibrar el nivel de “afinidad electiva”[16] que existe entre su allendismo y guevarismo, sobre todo, pensando en el daño que ha provocado la univoca sentencia de Allende “expresión del reformismo” y Guevara “paladín de la revolución”. En esta encrucijada, existen tantos pliegues como contradicciones fructíferas para retomar el pensamiento estratégico transformador en la actualidad.  

Una vez que finalizó sus labores en La Moneda, Carmen se vincula académicamente a la Universidad Católica, donde asume tareas de docencia e investigación en el Centro de Investigaciones de Historia de América Latina. Políticamente, continuó con su trabajo en el equipo de informaciones del MIR y con Miguel se fueron a vivir juntos en una pequeña casa que se encontraba invadida por “los libros… lo único propio. Los había por doquier, montones y montones de libros en el suelo y en tablas sostenidas por tarros de conserva o columnas de ladrillos. No alcanzaban las paredes para alinearlos en ellas”. A esa guarida se mudaron junto a Bautista van Schouwen, el amigo de cadenas inquebrantable de Miguel desde la infancia. Eran tan fraternalmente complementarios, dirá Carmen: “Miguel, el ‘sol rojo’, pero Bauchi era ajeno a la envidia y a la mezquindad”[17]. En esa casa triangularon una complicidad de acero, un compañerismo entendido como Bautista, es decir, “una etapa superior de la relación humana”.  

Mucho se ha escrito sobre el gobierno de la Unidad Popular y la política del MIR en este periodo. Un océano bibliográfico, a veces falto de profundidad. Sin embargo, solo nos queda destacar el protagonismo de los pobres del campo y la ciudad, articulados mediante el despliegue del movimiento de masas y el poder popular. Si bien el golpe de Estado del 11 de septiembre truncó esta hermosa e inédita experiencia desde abajo, Carmen, medio siglo después, sigue apostando porfiadamente por los caminos de la autoemancipación del pueblo. Parafraseando a Marx: “la emancipación del pueblo debe ser obra del mismo pueblo”.

Calle Santa Fe y el soplo de la memoria

En medio del bombardeo a La Moneda, Salvador Allende le envió a Miguel Enríquez un mensaje a través de Tati: “Ahora es tu turno Miguel”; luego se suicidó, pues su dignidad le impidió rendirse y entregarse ante los traidores militares que días antes le habían jurado lealtad. Su muerte significa el fin del proyecto de vía pacífica al socialismo con vino tinto y empanadas. Y consecuente con su trayectoria y pensamiento, no estuvo dispuesto a partir al asilo, tampoco a dirigir la resistencia desde un sector popular de Santiago, como se lo propuso el MIR.

Frente a la desazón de la izquierda chilena ante el golpe de Estado, la dirección del MIR impulsó la política de “El MIR no se asila”. Ninguno de sus militantes podía salir del país, y la orden partidaria fue sumergirse en la clandestinidad, resistir la ofensiva fascista y preparar las condiciones para derrotar a la dictadura. Mientras las embajadas colapsaban frente al derecho al asilo, las y los miristas se replegaron a sus casas de seguridad con un relativo orden. La experiencia de la primera clandestinidad en el gobierno de Eduardo Frei Montalva los había fogueado en el arte del camuflaje. Miguel y Carmen, se mantuvieron juntos.

La sanguinaria máquina de la muerte de la dictadura se activó el mismo 11 de septiembre y su objetivo represivo central fue capturar a los principales dirigentes de la izquierda chilena, entre ellos, a Miguel y Bautista. Sus caras aparecían en las portadas de los periódicos como los más buscados. La segunda semana de diciembre de 1973 Bauchi pasó por la casa de seguridad de Carmen y Miguel, quienes le pidieron que se quedara para su resguardo, pero él, pensando en la seguridad de todos, decidió partir en busca de un nuevo refugio. La noticia de su detención no tardó en llegar. Torturado, enterrado y exhumado por los esbirros de Pinochet, hasta el día de hoy es un detenido desaparecido. Era el único que sabía dónde se escondían Carmen y Miguel, guardó silencio, murió, para que sus amigos siguieran viviendo. Al cumplirse 45 años de su asesinato, Carmen escribió, en conjunto con otras plumas, un libro colectivo en su memoria, que evoca sobre todo la costumbre de la dignidad[18].        

Al desaparecer Bautista, Carmen y Miguel se mudaron a una casa azul ubicada en la calle Santa Fe, en el sector sur de Santiago. La desolación por Bauchi solo fue aplacada –en algo– con la noticia del embarazo de Carmen. Se anunciaba un niño, que llamaban con cariño Bauchita. Pasaban los meses y la policía política de la dictadura perseguía sin descanso el paradero del hombre más buscado de Chile. Y fue el 5 de octubre que llegaron hasta él, como perros hambrientos sedientos de muerte. Miguel y Carmen combatieron incansablemente por el derecho a seguir viviendo. Porque sobre todas las cosas, amaban la vida. Miguel partió. Carmen quedó gravemente herida.

Para conocer lo que ocurrió el 5 de octubre de 1974 en la calle Santa Fe, se pueden remitir al artículo de Gabriel García Márquez: El combate en que murió Miguel Enríquez, durante la dictadura chilena[19]; pero especialmente al hermoso libro que nos legó Carmen, Un día de octubre en Santiago[20], obra que estremece por su sensibilidad revolucionaria. Es un tributo a la vida colectiva y militante y sus sueños, sin embargo, también es el triste ocaso de una de sus vidas:

La Catita murió [Carmen]. La asesinaron el sábado 5 de octubre de 1974, al lado de él, en ese patio de tierra suelta, cerca de la artesa (…) La sangre de Miguel corre y levanta suaves olas en polvo. Y en esa sangre la Catita se va. Ya se ha ido, es una mancha rojiza y la tierra se la traga y se la lleva hacia adentro. Masa de tierra, tierra hasta el fondo de la tierra, seca. Dicen que se hizo polvo. La Catita ha muerto y nadie puede ocupar su lugar.[21]

Gracias a la presión internacional y las gestiones de su tío el abogado de Derechos Humanos, Jaime Castillo Velasco, Carmen no fue asesinada, como acostumbraban los aparatos represivos de Pinochet. Moribunda por la granada que le explotó a su sombra, la dictadura a regañadientes la expulsó del país. Partió a Inglaterra a reencontrarse con su familia, y fue en esa tierra lejana donde la tragedia inmediatamente se volvió a presentar: el hijo que esperaba con Miguel quedó dañado en el enfrentamiento del 5 de octubre; no sobrevivió al odio de los vencedores. De esta forma comenzó su vida de apátrida, de ciudadana de un mundo sin límites ni fronteras.  

En su documental Desterria, un país llamado exilio[22], basado en un rencuentro en tierra mexicana con su hija Camila y su nieta Leyla, Carmen se pregunta por los caminos del exilio y, su desenlace, aquel retorno definitivo a la patria querida. Nunca más volvió del todo. ¿Por qué? El país que dejó a la fuerza se había ido más lejos que ella.  

Corrían los 30 años de la muerte de Miguel y en Chile se realizaron variadas actividades en su nombre. Esta conmemoración, como pocas, logró imponerse al sectarismo de la de las y los “revolucionarios” chilenos. Carmen participó activamente en este esfuerzo articulando una serie de políticos e intelectuales de la izquierda mundial, desde Régis Debray al Subcomandante Marcos, quienes enviaron sus saludos de homenaje. El Estadio Víctor Jara se rebalsó y las y los asistentes pudieron escuchar con emoción a Pablo Milanés y su canción dedicada a Miguel: “Yo pisaré las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada…”. En aquellas jornadas a Carmen se le vio tras el lente de la cámara, tomando las últimas imágenes del documental más extenso e importante de su filmografía: Calle Santa Fe[23].  

El historiador de las ideas Enzo Traverso, en su reciente libro Melancolías de izquierda[24], en el análisis de Calle Santa Fe, dirá que en este documental Carmen “cristaliza la memoria” al retratar a Miguel no como un ícono para el culto y la veneración, sino como un legado político vivo que se recrea en las nuevas luchas de la juventud chilena y latinoamericana. Según Michael Löwy, “las páginas que consagra Enzo Traverso a esta película figuran entre las más logradas del libro”[25]. Calle Santa Fe: ¡es una revuelta de las temporalidades históricas!   

Cuando se presentó Calle Santa Fe en París, el filósofo revolucionario Daniel Bensaïd dijo sobre Miguel: “parece que quieren, tantos años después, asesinar la memoria después de haber asesinado los hombres. Es como si los vencedores no pudieran dormir tranquilos, como si no estuvieron tan seguros de su victoria”[26]. El 5 de octubre vuelve una y otra vez para incomodar a los vencedores y su victoria pasajera, y Carmen se adueña de este “recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro”[27]. Para ella, el viento de la memoria (frase que utiliza en un pasaje de la película) es una subversión contra el “tiempo-ahora”,  para convertirlo en un tiempo estratégico y así dinamizar el arte de la política emancipadora.

La apuesta melancólica

Desde que la expulsaron de Chile, y tras la pérdida de su hijo –a quien llamó Miguel Ángel–, Carmen no tuvo tiempo para llorar a sus muertos. En enero de 1975 se presentó “incandescente y combativa” –dirá su amigo Régis Debray, quien la acompañó– ante el Tribunal Russel en Bruselas, para denunciar los sangrientos crímenes de la dictadura cívico-militar chilena. Seguidamente, el partido tenía una nueva misión para ella y esta era ser el rostro de los miristas frente a la solidaridad internacional. Ciudad tras ciudad, mitin tras mitin, evadiendo la inevitable angustiosa memoria, sin darse cuenta terminó por convertirse en la viuda del héroe. Se preguntaba: “¿cómo de ser la compañera invisible de Miguel pasé a ser su representante ‘oficial’?”     

Fue en un viaje a La Habana donde los cubanos en conjunto con la dirección del MIR decidieron que ella debía vivir en el epicentro de la revolución latinoamericana, en el hermoso Caribe rojinegro; sin embargo, para ese entonces los soviéticos ya se encontraban instalados en Cuba, como si estuvieran en Plaza Roja de Moscú. Tati Allende, su amiga entrañable, compañera eterna de sueños, la instó a partir de la isla y, en su calidad de principal figura articuladora de las izquierdas en el exilio, convenció a quien se cruzó en su camino para que Carmen pudiera marcharse tan lejos como fuera necesario. Ese fue el último encuentro de las guevaristas chilenas, pues Tati al poco tiempo decidió partir aún más allá, allá donde el retorno es solo memoria. Se suicidó.    

Familiarizada con la cultura francófona y su idioma, se instaló en Francia. Pensó en retomar sus labores como investigadora en alguna universidad, pero estas ya se habían copado de académicos chilenos mientras ella se encontraba en la clandestinidad y luego en las tareas de solidaridad internacional. Ella piensa que fue para mejor. Sin la calidad de refugiada política, comenzó a trabajar en una boutique ubicada en el barrio Les Halles, frente a la Iglesia de San Eustaquio, donde, entre otras cosas, vendían bicicletas chinas. En el silencio del anonimato comenzaba a morirse poco a poco la viuda del héroe.  

Se envolvió del campo intelectual parisino, siempre desde la izquierda heterodoxa. A la boutique llegaba para conversar con ella el filósofo Gilles Deleuze, quien le enseñó a “experimentar el exilio, como quien experimenta las diferentes edades de la vida”[28]. A veces a Deleuze le acompañaba su amigo filósofo y psicoanalista Félix Guattari, quien fue de gran apoyo terapéutico para Carmen. Pero será como en su juventud, a través de la fuerza de las mujeres, en su encuentro con el feminismo radical, que la lleva a romper definitivamente con su rol de portavoz del héroe. Las feministas la emplazan a recuperar la existencia, extirpar la culpa e, incluso, el derecho a volver a bailar.   

En esos años conoció a Daniel Bensaïd, otrora dirigente estudiantil del “Mayo del 68” y referente de la izquierda radical francesa. Para Carmen, Bensaïd rápidamente se volvió su “cómplice político y un apoyo indispensable”. Es así como lo presenta en Aún estamos vivos[29], película que le dedicó, y que dirá que está “centrada en el compromiso político, no el de nuestra juventud, sino el del presente”[30]. ¿Qué es el tiempo presente para Carmen? Creemos que para ella es un espacio de “apuesta” por el seguir luchando, donde se dinamiza la dialéctica entre pasado y futuro, derrota y esperanza, experiencia y horizonte; dicho en clave de subversión, es una “apuesta melancólica” que oscila entre la memoria y la revolución. 

Un buen amigo de Bensaïd y Carmen, Michael Löwy, nos dirá que “la apuesta melancólica nos ofrece una nueva mirada sobre la esperanza, una esperanza que nos ayuda a restablecer la circulación entre la memoria del pasado y la apertura hacia el futuro”[31]. Por su lado, Carmen nos diría que “el deseo de la subversión, de la desobediencia, no puede surgir solo, tiene que surgir del deseo de la memoria, del pasado”, agregando que “ya no tenemos la certezas del ayer, pero en la incertidumbre, en la apuesta melancólica de la acción presente están viviendo, moviéndose, aquellos que ya no están. De eso estoy convencida”[32].

El encuentro con Bensaïd, el marxista heterodoxo, leninista libertario y estratega de la revolución, tuvo un gran impacto en la trayectoria de Carmen y su visión (transformadora) del mundo. En ese encuentro con su pensamiento, la nostalgia que mata y vuelve la historia de los vencidos un cementerio sin puerta de retorno, se convirtió en una “apuesta melancólica” al servicio de la emancipación. Emancipación que para ella tiene un nombre, “esa palabra asesinada es el comunismo” –nos dirá–, y que, según Bensaïd, “sigue siendo la palabra más justa, la más cargada de memoria, la más precisa, la más apta para nombrar los retos históricos de la época”[33].

La historia de las y los vencidos

El año 2011, al calor de las movilizaciones estudiantiles chilenas, Carmen estrenó el documental Víctor Serge. Vivencias de un revolucionario[34]. Aquí relatará que su primer encuentro con el inquebrantable Víctor Serge, revolucionario libertario, tan internacionalista como apátrida, fue en la casa azul de calle Santa Fe, donde en una vieja maleta encontró sus libros reposando en medio de fusiles y municiones. Serge había muerto hace un cuarto de siglo, en el destierro mexicano, pero allí estaban sus Memorias de un revolucionario y El año I de la revolución que, Miguel –quién más que Miguel–, en su voracidad enciclopédica sobre la Revolución bolchevique, tiene que haber seleccionado para que los acompañara en la lucha clandestina.   

Si en la oscura noche dictatorial leerlo reafirmaba el compromiso a no someterse jamás ante la maquinaria de la muerte, en el exilio, Carmen se reencontró con Víctor Serge el intelectual revolucionario, el escritor militante, quien le abrió la necesidad de dar testimonio de lo vivido, es decir, de la vida colectiva desde la historia de las y los vencidos. En el entretiempo de su trabajo como vendedora en la boutique parisina, y acompañada con el eco de los pájaros sueltos que silban en algún rincón de la tienda, inicia su vida de escritora en pequeños cuadernos que comienzan a inmortalizar su memoria. Sus recuerdos se expresan en francés, y años después dirá que “tal vez porque necesitaba de una lengua extranjera para soportar la memoria de los ausentes”[35].

Se llamó Un día de octubre en Santiago, y por su título pareciera solo ser el último enfrentamiento que llevó a la muerte a Miguel. No lo es. La intención de su autora no es dar cuenta de aquel combate que Gabriel García Márquez ya había cargado de heroicidad[36], sino plasmar las sutilezas de la vida militante, pues hasta el día de hoy sigue insistiendo que “no conmemoremos la muerte, no recordemos solo el sentido heroico de ese acto. Miguel Enríquez, un revolucionario, amaba la vida, la vida lo amó”[37]. Es un libro de fraternidad revolucionaria y “Carmen narra desde la forzada compartimentación de los clandestinos”, como dirá su amigo cubano Fernando Martínez Heredia, “paradoja de soledades de los que han forjado la más hermosa hermandad”[38].

En 1979, cuando Carmen terminó de escribir Un día de octubre en Santiago, como buena escritora militante, le hizo llegar un primer borrador a la dirección del MIR, para sus comentarios y aprobación. En una carta que guarda hasta el día de hoy, la respuesta fue desgarradora: “Este libro no puede ser publicado ya que atenta contra la moral de Miguel, del MIR y de la revolución chilena”. Todo lo que había escrito con tanto rigor, ternura y sensibilidad revolucionaria era cuestionado desde una ilógica jerarquía. Fue un duro golpe para ella[39].

En el mundo de las y los vencidos aparece la sombra de nuevos vencedores, quienes administran el castigo sin contemplación e intentan monopolizar la historia de las derrotas. Al igual que Víctor Serge que siguió escribiendo en la URSS bajo la amenaza del propio Stalin, que luego lo apresó, Carmen se enfrentó a la coerción de las leyes de las purgas en nombre del santifico socialismo. Exigió su derecho a disentir y su libro se terminó por publicar en 1980, tristemente para ella, bajo la mirada enjuiciadora de compañeros que se acogían en aquella época a la falsa disciplina militante que emanaba desde el poder partidario. Posiblemente no la expulsaron porque cómo iban a expulsar a la viuda del héroe que ellos mismos habían ayudado a erigir. 

Gracias a su coraje, Un día de octubre en Santiago hoy lo podemos considerar un texto fundante de la nueva literatura revolucionaria latinoamericana, quebrando así con los esquemas literatos oficialistas de la hagiografía comunista. Todo aquel que quiera escribir en nuestro continente una historia a contrapelo, desde la vereda de las y los vencidos, debe detenerse en este libro y captar la fibra de humanidad hecha palabra que enuncia Carmen y que uno igual puede ver en cada una de sus películas.   

Cine y militancia

No tenemos idea cómo fue el encuentro entre Carmen y Pierre Devert, director y productor de cine francés, quien se convertiría en el padre de sus hijos, Diego y Tomás. Lo que sí sabemos es que fue Pierre quien la acercó al cine documental al invitarla a participar del proyecto cinematográfico Los muros de Santiago. Sin embargo, será su amiga Sylvie Blum quien la acompañará en su proceso formativo y con ella irá a codirigir su primera película: Estado de Guerra en Nicaragua. Carmen contará que “fuimos con Sylvie a intentar ver cómo se generaba la imagen dominante que pasaba en las televisiones americana y francesa sobre una guerra invisible, que era la contrarrevolución en Nicaragua”[40].  

A principios de los 80 el proceso sandinista en Nicaragua y las guerrillas centroamericanas revitalizaron el compromiso revolucionario en América Latina, pero mientras más avanzaba la década, comenzaba a sentirse entre las militancias críticas el rocío del viento de contrarrevolución mundial. Muchos vieron la oportunidad de arrancar de la derrota. Carmen, no, a contrapelo de la incertidumbre, reafirmó su compromiso con las y los vencidos y su historia y encontró en el cine –es correcto decir asimismo que el cine la encontró a ella– un camino de ruptura y continuidad con el quehacer revolucionario.    

Carmen halló en el oficio de hacer películas un “nosotros” palpable. La escritura, aunque siempre es un ejercicio dialógico, desde el frente de la memoria –sobre todo con los que ya no están–, siempre está impregnada de la soledad y su desgarrador silencio inspirador. El cine es todo lo contrario, o como dirá Carmen “[es] un encuentro con lo colectivo”, declarando que “la riqueza que me aporta [el trabajo colectivo] me permite bifurcar, encontrar, pensar, durante el tiempo de preparación y de rodaje, cosas que es imposible que hubiera encontrado sola”[41]. Es como si para ella rodar fuera un reencuentro con la porfía del ser militante. ¿Una nueva forma de militar?   

Cuba en debate[42] es una de las últimas películas de Carmen, donde se sumerge en la realidad y desafíos actuales del pueblo cubano tras la partida de Fidel Castro. Conversando con la joven documentalista cubana Carla Valdés León, asistente de dirección de este documental, ella nos dirá que “una de las cosas que me quedan de trabajar con Carmen y su cine es como ella ha sabido poner la piel, los sueños, los compromisos, no como personaje, sino como esencia misma de sus películas, es decir, su cine es como un viacrucis donde ella va pasando con sus miedos y esperanzas, pero sobre todo, con sus compromisos militante”. Carla nos recalcará que si bien el cine de Carmen parte de ella misma, este termina diluyéndose siempre en lo colectivo, cuestión esencial del cine militante y comprometido[43].

“La batalla por la memoria” –para Carmen– “es la batalla por visibilizar los invisibles”[44] ¿Los invisibles del ayer? También los del tiempo presente, y en la construcción cinematográfica eso se traduce en una lucha contra la hegemonía de la banalización televisiva. Carmen conoce muy bien a Gramsci y la apuesta contrahegemónica, por ello no es de extrañar que se vincule y se sienta parte de la “Escuela Popular de Cine”, proyecto comunitario instalado en La Pintana. Es ahí, en la comuna más estigmatizada y marginalizada del país, en el corazón del campo popular chileno (y el llamado a construir poder popular), donde contribuye a la construcción de una alternativa de las y los subalternos. En la Escuela “cada película en proceso cuenta crudamente una realidad que nunca vemos en la televisión”, dirá, y “me sorprende siempre cómo allí emerge cristalinamente la legitimidad de las luchas que dimos en el pasado”[45] ¡Qué melancolía más subversiva la de Carmen!

Posiblemente la última intervención de Carmen –la militante del cine– fue en el marco del XXIV Festival de Cine Social y Antisocial (FECISO), el 14 de diciembre de 2019, donde al dirigirse a los jóvenes cineastas que se encontraban registrando la revuelta social chilena, les dijo: “Ya nada será como ayer y todo lo que vendrá va a depender de nosotros. De nuestra capacidad de organizarnos, de hacer realidad los sueños y de comprobar intentando un camino. Entender, comprender, dialogar, discutir, debatir, liberar la palabra…”[46].

Por último, hay algo que marca el cine de Carmen y que no lo podemos dejar pasar. En su documental Inca de Oro[47], que es el nombre de un perdido pueblo minero en medio del desierto de Atacama, uno se pregunta sobre su cine político: ¿cuál es el objetivo de filmar un lugar que se apaga ante la nostalgia de un pasado pujante de riquezas? Allí, en el entrecruce de dos mundos, entre el extractivismo transnacional que avanza y el oficio pirquinero que resiste, pensamos que Carmen encuentra una idea de “comunidad” que la debe remontar a su padre y al latir de la militancia revolucionaria. Esta búsqueda de nuevos saberes comunitarios, la lleva a recorrer desde el Río Bravo al Río Biobío, entre territorio zapatista y mapuche, cruzando el campo liberado de los Sin Tierra en Brasil y trepando el Altiplano indígena boliviano; terrenos insolentes, que se palpan en varias de sus películas.      

Traidores y conversos

En el documental Hoy y no mañana (2018), dirigido por Josefina Larraín –donde Carmen Castillo participó como “asesora de guión”– nos remonta al olvidado papel que tuvieron las mujeres en la lucha contra la tiranía de Pinochet. La primera protagonista en aparecer en esta película no podía ser otra que doña Mónica, a quien se le muestra en una grabación abogando y presionando a la dictadura por el retorno de su hija después de un largo exilio de 13 años. Y así volvió Carmen un invierno de 1987, y las imágenes de su aterrizaje en Chile y el emotivo rencuentro con su familia quedaron inmortalizadas por las cámaras de televisión. Si bien este primer regreso fue un salvoconducto de 15 días para ver a su padre que se encontraba enfermo, estuvo cargado de simbolismo político, pues este permiso se le arrebató al tirano gracias a una activa campaña de solidaridad.     

Con el regreso a la “democracia” chilena en 1990, Carmen comenzó a ir y venir de París a Santiago, sin embargo, confesará que en sus retornos “solo veo militares y traidores y la resignación de la gente que pasa. El asco me atraganta”[48]. Lejos, muy lejos se había ido la tierra que la vio nacer, soñar y luchar. Ya no era su país, nada se encontraba en su lugar y la amnesia había suplantado al porvenir. Pero en cada reencuentro la fuerza de la melancolía la envuelve, y si bien dirá “primero quisiera matar a los criminales, ignorar a los renegados”, su eterno compromiso con la transformación del mundo la hace pensar en “que el viento sople, arrase con los miedos y levante los deseos de cambio (una vez más los jóvenes, los indios, los pobres)”[49].

En 1993 Carmen regresa, cámara en mano, con una idea clara: reconstruir el hilo represivo que concatenó aquel fatídico 5 de octubre de 1974. De esta forma surge su reconocido y premiado documental La Flaca Alejandra. Vidas y muertes de una mujer[50], que se centra en la historia de Marcia Merino, exmilitante del MIR hasta el día que se convirtió en colaboradora de la policía secreta de Pinochet. Mucho se ha escrito y dicho de esta obra en cuanto a la Flaca Alejandra como “leyenda, el símbolo de la traición”, no obstante, creo que la película nos lleva a otra dimensión que nos ayuda a delinear la semblanza rebelde de Carmen. Obstinada, a lo largo del documental busca conversar con el coronel Miguel Krassnoff (quien lideró el operativo militar del 5 de octubre y se autoreivindica como el hombre que asesinó a Miguel), a pesar que por esos días no dejaba de recibir amenazas e insultos “anónimos”. Insistió en enfrentarse cara a cara con Krassnoff, cerebro operativo de la represión dictatorial, que para esa fecha aún se encontraba en el alto poder militar como jefe superior del Ejército en el sur de Chile. Vaya “democracia” la chilena. Con plena impunidad, el “valiente soldado” que administró la salvaje maquinaria del exterminio no se atrevió a tal encuentro.

El tiempo “vacío y homogéneo” que se impuso en los años 90, con la globalización neoliberal, bifurcó en el amanecer de 1994 en el sureste de México al alzarse en armas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Su carismático portavoz, el Subcomandante Insurgente Marcos, atrapó las miradas y esperanzas del mundo subalterno. Evadiendo a traidores y conversos en Chile, Carmen se sintió llamada por el grito de dignidad de las y los zapatistas que volvieron a sublevar las viejas palabras de “justicia, libertad y democracia”. Partió a Chiapas a encontrarse y dialogar con su líder, surgiendo de este encuentro la película La verdadera historia del Subcomandante Marcos[51], que creemos es el material audiovisual más clarificador que existe de la historia de los orígenes de EZLN. Si bien Carmen nunca ha compartido el imaginario zapatista impuesto desde afuera de “cambiar el mundo sin tomarse el poder”, posiblemente su vinculación con esta organización que llamó a re-imaginarlo todo fue más estrecha de lo que conocemos. ¿Adhirió/militó en este proyecto?

Seguimos en los claroscuros 90, y Pinochet ya había entregado la banda presidencial no así el poder y la jefatura máxima del Ejército. Peor aún, su espuria Constitución seguía (sigue, pero está por caer) rigiendo la vida de las y los chilenos. Los “valientes soldados”, torturadores, violadores y asesinos caminaban al ritmo de la impunidad de una “democracia” que había pactado olvidar. Un sociólogo de moda en aquel tiempo, escribió que en la transición el olvido fue la etapa superior del consenso[52].

 ¿Consenso? Y ahí vienen los traidores. Viejos compañeros que pactaron con los militares el regreso a la “democracia”, a cambio de cambiarlo todo para que nada cambiara. De afinar lo que el martiniqués Aimé Césaire llamó la “máquina del olvido”. Olvidar a nuestros muertos y sus sueños, al precio de escalar en las esferas del poder hasta volverse lacayos del todopoderoso empresariado. En una entrevista Carmen dirá: “cuando tomo la palabra trato de hacerlo desde mis mundos. Allí es inimaginable que alguno de nosotros vaya a pedirle plata a un empresario. No hay relación entre el mundo popular, los colectivos que allí se organizan y trabajan, con el mundo de los de arriba, los del poder económico”[53]. A estos inescrupulosos sin memoria doña Mónica en su hermoso libro ¡Háganme callar![54], los bautizó como los conversos.

El ángel de las barricadas

2019, y es octubre. Como todos los años, Carmen organiza sus compromisos laborales, políticos y familiares en París, para regresar a Santiago. Son días donde se cristaliza la memoria. Siempre vuelve en silencio a la casa azul de calle Santa Fe. Los autoproclamados “legatarios” de Miguel, diseminados por la derrota y el sectarismo, organizan actividades –rituales en su nombre que compiten entre sí– y, de tanto “armar al héroe” (cosificarlo), terminan desarmando su pensamiento revolucionario. Cuánta razón tiene el amigo de Carmen, el filósofo cubano Félix Valdés, cuando dice que “silenciamos también cuando banalizamos, trivializamos y vaciamos de contenido exacto el pasado”[55]. Todos los grupos quieren contar con su presencia, como si su palabra fuera la única legítima en medio del derrotero de desconfianzas de una organización que se destripó por dentro. Asiste a las actividades que puede, y siempre intenta dejar un mensaje que contribuya en clave estratégica a las luchas del pueblo.

El sábado 5 de octubre, justo a 45 años de la caída en combate de Miguel, se presentó el texto El libro nuestro de Miguel[56]. Esta actividad se realizó en Villa Grimaldi, otrora centro clandestino de tortura de la dictadura chilena. Allí Carmen, cargando con el peso de sus compañeros y compañeras desaparecidos en ese lugar, hizo alusión al “ángel de las barricadas”, que es un reapropiación crítica, de su amigo el filósofo argentino Diego Taitán, de la idea del “ángel de la historia” de Walter Benjamín. Citando a Taitán dirá:

“El ángel de la barricada es diferente del ángel de la historia: no tiene su rostro vuelto hacia el pasado, ni las alas desplegadas por la tempestad del progreso, ni la expresión desencajada por la ruina y por la muerte que se acumulan a sus pies. El ángel de la barricada revoca las soledades que la adversidad destina a los rebeldes –aunque tal vez no su vida breve– y establece una comunidad ubicua entre los vivos, los muertos y los no nacidos”[57].

El “ángel de la barricada” para Carmen es un reencuentro con la fraternidad, que acoge con rebeldía al campo popular y a los militantes que no han dejado de luchar a pesar de las hostiles penumbras que ha impuesto la larga noche neoliberal. Evoca esperanza en la derrota, para convertirla en sabiduría de la acción. Reivindica el derecho a la unidad y a disentir en la otredad, con la misma fuerza que convoca a reinventar los caminos del socialismo[58]. Como buena benjaminiana, sus ideas se sostienen en la confianza disruptiva de la falsa linealidad del progreso y en la fe irrestricta que en el estallido de la historia las y los subalternos decidan bifurcar y romper con el orden dominante. Quienes estaban en Villa Grimaldi ese 5 de octubre, la quieren, respetan y le creen, pero posiblemente después de 17 años de dictadura y 30 años de consenso neoliberal les costó enfocar el trastocado horizonte de la emancipación. ¡A quién no!

El 18 de octubre de 2019 en Chile estalló el continuum de la historia. Si bien hace días las y los estudiantes secundarios lo venían prologando, la ruptura con la violenta “normalidad” neoliberal llegó al compás de las revoluciones: de sopetón. La pólvora ya se encontraba seca.  Al llegar la noche, en cada esquina las barricadas comenzaron a iluminar un camino de insolencia social y popular que se convirtió en una revuelta en nombre del pueblo y su dignidad. A pesar de la brutal represión, el derecho a la sublevación se instaló como una comunidad que insubordinó al tiempo y el espacio. La poesía se hizo multitud. Las murallas no han dejado de hablar y la principal consigna del movimiento ha sido: “Que la dignidad se haga costumbre”. Aunque pocos lo saben, es el título de una canción dedicada por el cantautor popular Patricio Manns a Bautista van Schouwen. ¿Qué pensará Carmen del regreso de su gran amigo Bauchi?

“Me he deslizado entonces, día tras día, de un lugar a otro, junto a la gente, rodeada de jóvenes, ocupando las calles, las plazas…”[59], dirá en una entrevista Carmen. La noche de año nuevo se llamó a una gran concentración en “Plaza de la Dignidad”. Entre la música jolgoriosa y el calor de las barricadas, se le vio caminar. Viejos compañeros la reconocieron, mientras que la amplia rebelde juventud la acogía como una más. Es una militante de la revuelta. Su preocupación está en el futuro que es hoy, sobre todo en el despliegue de las asambleas populares y ciudadanas autoconvocadas (poder popular).  

La historia de la revuelta –a pesar de la crisis sanitaria en curso– se sigue escribiendo al pulso de la construcción de la ciudad futura, pero también bajo el permanente garrote represivo que hoy contabiliza 34 muertos y más de dos mil 500 presos políticos. Una joven que lleva más de cuatro meses prisionera, Paula Cisternas, en una carta de su puño y letra desde la “Cárcel Santiago 1”, escribió: “de verdad que necesito que se haga mucha presión desde afuera para poder recuperar pronto nuestra libertad”[60]. Estremecida por su clamor de libertad, Carmen no tardó en contestarle: “Me inclino agradecida ante tu presencia activa y alegre, digna y grave, en los inicios de nuestra rebelión. El octubre chileno, la comunidad de los sin comunidad, permanece y continúa inventando caminos en este presente sombrío. Tu ser frágil resiste, tu cuerpo adolorido emite un gemido y nuestra ira crece y crece ante tanta crueldad”. Y se despide con un “hasta pronto en la Plaza Dignidad, querida Paula”[61].

75 años cumple Carmen, y ya no están muchos de las y los compañeros que la han escoltado en su transitar rebelde. Algunos partieron hace bastantes años, como Miguel, Bauchi y tantos otros que lucharon sin cuartel por la revolución latinoamericana. El 2013 se fue el amor de toda su vida, don Fernando, su padre. Sus amigos franceses Delueze, Guattari y Bensaïd tampoco están. La lista es interminable y las llagas de las pérdidas se siguen acumulando. En este enero, doña Mónica se despidió del mundo con un parche en el ojo, en homenaje a las víctimas oculares de la revuelta chilena en curso. La misa íntima de despedida estuvo a cargo del cura obrero Mariano Puga, quien hacía poco había dicho: “el pueblo tiene derecho a destruirlo todo porque todo le han destruido”. Él también partió.   

Hoy Carmen se queda acompañada de la razón histórica, es decir, la historia le dio la razón en días donde la lucha del pueblo nuevamente se volvió costumbre; pues, nunca se separó del lado correcto de la historia, aunque su militancia en la vereda de las y los vencidos la arrastró a caminar por un desierto arenoso donde no llegaban las prebendas de los todopoderosos. Esto la convierte en una “imprescindible”, a juicio de Bertolt Brecht, y que nosotros llamamos “una revolucionaria de todos los tiempos”. Una revolucionaria que hoy representa la fusión de la temporalidad histórica, la revuelta dialéctica entre el pasado, presente y, principalmente, la apuesta por un futuro socialista y libertario.

[1] marcoantonioalvarezvergara@gmail.com

[2] Frase de Miguel Enríquez. En discurso de 24 de enero de 1973.  

[3] “Día de la Victoria” se denomina al triunfo de la URSS sobre la Alemania Nazi ocurrido el 9 de mayo de 1945.

[4] La Ley de Defensa Permanente de la Democracia, conocida popularmente como la “Ley Maldita”, entró en vigencia en septiembre de 1948 bajo el gobierno radical del presidente Gabriel González Videla, que tuvo por objeto proscribir la participación política de los comunistas chilenos.

[5] Echeverría, Mónica y Carmen Castillo, “Santiago – París. El vuelo de la memoria”, Santiago: Editorial LOM, 2002, p. 17. 

[6] Castillo, Carmen, “El país de mi padre”, 2004. Ver: https://vimeo.com/215692029

[7] Garate, Manuel, La Quinta Michita (1964-1983): de la Reforma Universitaria a una vida en comunidad (Chile), 2008.

[8] Castillo, Carmen, entrevista con Vivian Lavín, programa “Vuelan las Plumas” emitido por la Radio Universidad de Chile el 27 de abril de 2017.

[9] Escuchar canción de Violeta Parra “Al centro de la injusticia”.

[10] Echeverría, Mónica y Carmen Castillo, “Santiago – París. El vuelo de la memoria”, Santiago: Editorial LOM, 2002 p. 64. 

[11] Castillo, Carmen, Prólogo a la edición chilena del libro “Tati Allende. Una revolucionaria olvidada”, p. 11-12.

[12] Ibídem.

[13] Echeverría, Mónica y Carmen Castillo, “Santiago – París. El vuelo de la memoria”, Santiago: Editorial LOM, 2002, pp. 118 – 119.

[14] Ibídem, p. 121.

[15] Castillo, Carmen, “El Bolero, una educación amorosa”, ver: https://vimeo.com/365819264

[16] Para introducirse en la categoría de “afinidad electiva”, ver el primer capítulo del libro de Michael Löwy “Redención y utopía. El judaísmo libertario en Europa central. Un estudio de la afinidad electiva”.

[17] Castillo, Carmen, “Bautista van Schouwen. El tiempo de la fraternidad”, pp. 119-132. En Bautista van Schouwen. Que la dignidad se haga costumbre”, Santiago: Editorial Pehuén, 2018.

[18] “Bautista van Schouwen. Que la dignidad se haga costumbre”, Santiago: Editorial Pehuén, 2018.

[19] Márquez, Gabriel, “El combate que murió Miguel Enríquez, durante la dictadura chilena”. Puede ser consultado en múltiples páginas en internet.

[20] Castillo, Carmen, “Un día de octubre en Santiago”, Santiago: Editorial LOM, 2013, p. 104.

[21] Ibídem, p. 104.

[22] Castillo, Carmen, “Desterria, un país llamado exilio”,… Ver: https://vimeo.com/213908936

[23] Castillo, Carmen, “Calle Santa Fe”, 2007. Ver: https://vimeo.com/365791864

[24] Traverso, Enzo, “Melancolía de izquierdas. Marxismo, historia y memoria”, Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2019.

[25] Löwy, Michael, reseña de “Melancolía de izquierdas…”.  Extraído: Revista Viento Sur.

[26] Bensaïd, Daniel, “Rue Santa Fe: forces de vie”, París, 6 de diciembre de 2007.

[27] Benjamín, Walter, Sexta tesis de las “Tesis de filosofía de la historia”.

[28] Castillo, Carmen, entrevista con la Universidad de Girona, 2015.

[29] Castillo, Carmen, “Aún estamos vivos”, 2014. Ver: https://vimeo.com/218666363

[30] Castillo, Carmen, “Los crepúsculos nunca vencerán a las auroras”, introducción a la edición cubana de “Un día de octubre en Santiago”, La Habana, Ediciones ICAIC, 2014, P. 24. 

[31] Lowy, Michael, “La herejía comunista de Daniel Bensaïd”. Consultado de www.vientosur.info

[32] Castillo, Carmen, entrevista con la Universidad de Girona, 2015.

[33] Bensaïd, Daniel, Una lenta impaciencia,

[34] Castillo, Carmen, “Víctor Serge. Vivencias de un revolucionario”, 2011. Ver:   https://vimeo.com/215355564

[35] Castillo, Carmen, Prólogo a la edición mexicana de “Un día de octubre en Santiago”, 1982.

[36] Márquez, Gabriel, “El combate que murió Miguel Enríquez, durante la dictadura chilena”. Puede ser consultado en múltiples páginas en internet.

[37] Castillo, Carmen, Prólogo a la edición chilena de “Un día de octubre en Santiago”, p.8.

[38] Martínez Heredia, “Miguel apunta al futuro”, prólogo a la edición cubana de “Un día de octubre en Santiago”, La Habana, 2014, pp. 3-4.

[39] Si bien Carmen en varios ocasiones ha mencionado esta historia, en la entrevista que le realizó la Universidad de Girona en 2015, creemos que expresa con mayor nitidez el dolor que le causó esta censura. 

[40] Castillo, Carmen, “Ahí vamos”, entrevista con Miguel Carmona y Nicolás Slachevsky, Revista CARCAJ, 20 de agosto de 2016. 

[41] Ibídem.

[42] Castillo, Carmen, “Cuba en debate”, 2017. Ver: https://vimeo.com/217039114

[43] Valdés León, Carla, conversación telefónica, abril de 2020.

[44] Ibíd.

[45] Castillo, Carmen, entrevista con Alejandra Carmona López, El Mostrador, 21 de septiembre de 2016.

[46] Castillo, Carmen, Palabras en el Festival de Cine Social y Antisocial (FECISO), 14 de diciembre de 2019. Ver: https://www.youtube.com/watch?v=3JW2X6Sq9OI

[47] Castillo, Carmen y Sylvie Blum, “Inca de Oro”, 1996. Ver: https://vimeo.com/215365038

[48] Frase pronunciada en el documental “Calle Santa Fe”.  

[49] Echeverría, Mónica y Carmen Castillo, “Santiago – París. El vuelo de la memoria”, Santiago: Editorial LOM, 2002, p. 10. 

[50] Castillo, Carmen y Guy Girard, “La Flaca Alejandra. Vidas y muertes de una mujer”, 1993. Ver: https://vimeo.com/215707959

[51] Castillo, Carmen, “La verdadera historia del Subcomandante Marcos”, 1995. Ver: https://vimeo.com/217107692

[52] Moulián, Tomás, “Chile actual: anatomía de un mito”, Santiago: LOM Ediciones, 1997.

[53] Castillo, Carmen, entrevista con Alejandra Carmona López, El Mostrador, 21 de septiembre de 2016.

[54] Echeverría, Mónica, “Háganme callar!”, Santiago: Ceibo Ediciones, 2016.

[55] Valdés, Félix, “El ángel de la revolución caribeña y latinoamericana”, Buenos Aires: CLACSO, 2019, p.79.

[56] “El libro nuestro de Miguel” es un libro colectivo editado por la Editorial La Estaca. Carmen contribuyó con un artículo.  

[57] El texto de Diego Taitán, “El ángel de la barricada. Apunte sobre la memoria de las rebeliones” se puede consultar en la página web www.revistaharoldo.com.ar  

[58] Para una interpretación directa de su discurso, ver: https://www.youtube.com/watch?v=Kv2D6BogChw

[59] Castillo, Carmen, “El tiempo de la igualdad es el presente”, entrevista con Evelyn Erlij y Jennifer Abate, Palabra Púbica, Universidad de Chile, noviembre de 2019.

[60] Esta carta es de abril de 2020. Puede ser encontrada en varias páginas de internet.

[61] Castillo, Carmen, “Carta a Paula Cisterna, presa política en Chile”, abril de 2020.

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