“La competencia hace a los individuos, no solamente burgueses, sino aún más a los obreros, mutuamente hostiles, a pesar del hecho de que les reúna. Se lleva, pues, mucho tiempo el que esos individuos puedan unirse” – La ideología alemana – Karl Marx

La competitividad-precio es uno de los indicadores económicos mas apreciados para evaluar la buena o mala marcha de la economía de un país. En términos generales, si el sector productivo e industrial de un país es más competitivo, significa que es capaz de producir activos de igual calidad que otros países, a un precio menor, es decir, tenemos más opciones de que nuestros productos sean los elegidos por un tercer país. Según datos que ha publicado el Ministerio de Economía y Competitividad, referentes al segundo trimestre del presente año, España encadena un total de once trimestres mejorando este índice con respecto a nuestros vecinos europeos. Sin embargo, la eurozona, en su conjunto ha perdido competitividad, frente a los países que conforman la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Y lo mismo ha ocurrido frente a los países englobados bajo las siglas BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

Que todos los países, sociedades, o clases sociales estamos atrapados en esta vorágine o guerra por la competitividad es una obviedad irrefutable. Lo aberrante de este frenesí competitivo no es el afán legitimo de “mejorar socialmente”, sino el destructivo objetivo de  “la competitividad por el beneficio”.

Las y los trabajadores asalariados nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo en el mercado, somos una mercancía más y en el mercado de trabajo competimos con otros miembros de nuestra clase a nivel internacional, nacional o local. Esta competición esta gobernada por la ley de la oferta y la demanda. Cuando el mercado nos es contrario, ejemplo el mercado laboral español, el precio de nuestra peculiar mercancía disminuye, nos vemos obligados aceptar unos salarios mas bajos y durante mas horas, y así obligamos a otras personas trabajadoras a que hagan lo mismo. Esta competencia no se limita al salario se desencadena también en el interior de los centros de trabajo: como competición en intensidad y productividad de todo tipo de trabajo (en los servicios, por ejemplo, aumento del numero de pacientes, alumnos por aula, tiempo de los cuidados, numero de llamadas, o de habitaciones, etc) Y es muy difícil no tener en cuenta que la brutalidad de esta competencia dentro de los centros y en el mercado de trabajo tiene una relación directa con el tamaño del “ejercito de reserva de las personas paradas” y su actual forma moderna y expansiva denominada “precariado” (trabajadores/as eventuales, pobres o con bajos salarios, prácticamente sin derechos laborales, etc)

La guerra, a todos los niveles y en todos los lugares, desatada por las multinacionales, los capitalistas y sus gobiernos subordinados, contra las clases asalariadas, nos ha traído unas consecuencias desastrosas para la vida personal, laboral, social y natural. Especialmente, desde la última gran crisis capitalista del 2007. Basta, observar nuestras realidades cotidianas, pero por si los “arboles nos impiden ver el bosque” Si echamos un vistazo a la gráfica de la Tasa de explotación del mundo capitalista, incluyendo los 6 principales países, en la última década esta tasa ha aumentado un 30%, fenómeno que no sucedía en el último medio siglo.

Tasa de explotación del mundo capitalista y de los principales seis países (EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia y China -desde 1997-)

Las formas de aumentar la explotación a las clases trabajadoras son múltiples: en primer lugar, el aumento de la jornada laboral, las edades de jubilación, los ritmos y la flexibilidad laboral, etc. En segundo lugar, la reducción de los salarios y el aumento del paro, la precariedad y la pobreza. Y, en tercer lugar, el abaratamiento de la tecnificación de las empresas, el transporte a gran escala, los avances tecnológicos, etc.

La globalización capitalista nos ha traído no solo un aumento brutal de la explotación, de las desigualdades y de la pobreza, … Nos ha traído una exacerbada y salvaje competición entre las personas asalariadas. Un despótico y depredador individualismo alimentado por un consumismo en escala. Y una fragmentación y jerarquización de todos los individuos que componemos las clases asalariadas. Esto nos ha provocado un tremendo retroceso en nuestra conciencia y organización social.

No importa cuán grande sea la fuerza de los sindicatos o la unión de la clase trabajadora, toda crisis tiende a destruir o a debilitar su solidaridad difícilmente ganada. Bajo el capitalismo nunca podemos escapar por completo a la maldición de la competencia. Ya nos apuntaba Marx que: “Los individuos separados forman una clase sólo en la medida en que tienen que librar una batalla común contra otra clase; en caso contrario, están mutuamente en términos de hostilidad como competidores.” Solamente en la medida en que los trabajadores superan su propia competitividad y se hacen conscientes de su antagonismo más profundo y amplio con la clase capitalista, empiezan a actuar como eine Klasse für sich, una clase para si misma.

La recomposición de nuestra clase, después de las derrotas que hemos sufrido por el neoliberalismo triunfante, en las últimas décadas, solo puede abrirse camino a través de un nuevo Sindicalismo social; de una nueva unión de las clases trabajadoras que trate de refrenar y contener nuestra propia competición, aunque no consiga abolirla.

La reducción de la jornada laboral, el aumento de los salarios, del trabajo digno y con derechos hoy pueden parecer inalcanzables, como lo fue, a principios del siglo pasado, las  inalcanzables 8h de trabajo; pero con el actual desarrollo tecnológico estas reivindicaciones, no son una utopia, entran en el reino de lo posible.

Hoy todo desarrollo social y político de la clase trabajadora pasa inevitablemente por que realicemos una constante lucha para combatir el individualismo económico entre nosotras y nosotros mismos. Imponiendo nuestra solidaridad por delante de la competitidad a la que nos los capitalistas. Nuestra competitividad y competencia ha de estar en función de satisfacer las necesidades de la mayoría social, no la de los mezquinos beneficios e intereses de una minoría.

Marcelino Fraile – Sindicalista del STEILAS